Nunca me ha gustado el calor y con los años mucho menos. Este tórrido y seco estío me apoltrona y me deja exhausto. A diferencia del otoño que es la época del año más apetecible para mí. La primavera es buena, pero suele ser corta y oscila a menudo entre el frío invernal y el calor. Mientras que en el otoño, más largo, las temperaturas refrescan y las lluvias acostumbran a humedecer la tierra sedienta. ¿Ocurrirá este año o el cambio climático seguirá atormentándonos?. Los árboles frutales y las vides nos ofrecen sus apetitosos frutos. Uno que nació en esta época se siente revivir en la misma y se extraña cuando algunos hablan de la sensación de melancolía que les provoca.

Escuchar las narraciones evangélicas con el oído abierto lleva a fijarse en expresiones significativas que nos pasan habitualmente desapercibidas. Así la designación del Dios de Jesús como el Viviente. Y su proclamación como Señor de vivos y no de muertos. Es el autor de la Vida a la que mantiene y sostiene día a día. Y la Resurrección de su Hijo lleva implícita la confianza en la resurrección de cuantos opten por la vida.

Optar por la vida es una decisión existencial profunda. Frente a la cultura tan extendida de la muerte, entraña el compromiso de luchar por ella cada día. En uno mismo y en los demás. Ese compromiso tiene dos notas características: la ternura y la justicia. Una ética del cuidado y de la solidaridad que se abre a la fraternidad universal, superadora de fronteras y abrazadora de los diferentes. Ética que no necesita fundarse en una creencia religiosa -aunque, si ésta es auténtica puede servir para reforzarla, pues si no lo es la emponzoña- sino que está abierta a todas las personas de buena voluntad.

Escuchar las noticias que nos transmiten los medios de comunicación -escritos, audiovisuales o digitales- casi es hoy un ejercicio de masoquismo morboso. Los relatos de crueldad ejercida por seres humanos o los desastres naturales, causados directa o indirectamente o agravados por este sistema neoliberal puede quitarnos la paz y conducirnos a un estado permanente de miedo. Claro que el sistema provee también mecanismos de evasión a las masas, como el fútbol o la vida de los famosos, a veces indistintos. No vaya a ser que reflexionemos, nos pongamos a hacer preguntas y a pensar por cuenta propia.

Es frecuente que ciertas gentes de la derecha critiquen a personajes de la izquierda -real o aparente- por su incoherencia al incurrir en gastos suntuarios o llevar un alto tren de vida. ¡Tan alto es su sentido de la verdadera izquierda ya que le exigen una vida austera y que comparta sus bienes con los necesitados!.

Claro que el ataque puede mostrar la coherencia de su postura. Quizá entiendan que para ser de la derecha auténtica hay que vivir en el despilfarro y a costa de los demás, preocupándose sólo de enriquecerse rápidamente.

Un conocido comentarista se lanza a pontificar distinguiendo entre derechos de la bragueta y derechos sociales. A su juicio, los carcas se oponen a los primeros y aplastan a los segundos. En cambio, los progres defienden los de la bragueta y muchas veces se olvidan de los sociales que antes eran su seña de identidad.

Creo que esa expresión “derechos de la bragueta”, encierra una negación de la libertad sexual. Claro que el sexo, el dinero, el trabajo, la política se pueden usar para aplastar a otros seres humanos o bien para respetar su sagrada dignidad. Como todos los derechos, no son absolutos: tienen unos límites, internos han de responder a su finalidad intrínseca y externos, derivados de la autonomía de los demás.

Se dice que el odio se aprende, mientras que el amor es innato. Creo que por natura estamos programados para ambas cosas. El bien y el mal anidan en nuestro corazón. La educación, sobre todo por la vía del ejemplo, nos inclina en un sentido o en otro. Y la respuesta voluntaria que damos a los estímulos externos. A amar se aprende amando y a odiar odiando.

El amor y el odio son sentimientos que nos relacionan con otra u otras personas. En cambio, hay un no-sentimiento que nos aísla, nos aleja del prójimo. Es la indiferencia que seguramente en maldad supera al odio. Pasar del otro, ningunearlo equivale a borrarlo -o intentarlo- de nuestra vida. Por orgullo o cobardía podemos incurrir en ese gran fallo. Ojos que no ven, corazón que no siente. Si alejamos nuestros ojos y oídos del rostro de quienes nos rodean, no captaremos su posible sufrimiento. Nos evitaremos la com-pasión y el ansia por socorrerlos. El pasotismo, la indiferencia narcisista es el mayor problema de nuestra época. Así nos socializa el sistema y continuamente corremos el peligro de incurrir en él.

La mayoría de las éticas al uso pertenecen al orden de la equidad estricta, del “do ut des”. Son éticas frías del cálculo interesado. A veces se expresan conceptualmente como imperativos universalizables. En cambio, una ética digna de llamarse humana, es cálida, está en otra órbita: la de la gratuidad. No consta de aprioris absolutos, sino que se expresa en forma de respuestas concretas a un tú o varios con los que nos relacionamos. Por eso es asimétrica, quien puede, quien tiene algo de lo que el otro u otros carecen, se conduele de esa necesidad, y acude en su ayuda compartiendo. Responde a la lógica del amor, sin esperar nada a cambio. ¿No nace de las entrañas conmovidas de la moral samaritana?.