Cuando se intenta ver el pasado sin caer en relatos sectarios, sino acogiendo la pluralidad poliédrica de la realidad, conviene tener en cuenta esas memorias distintas, algunas apagadas y otras todavía llameantes de los exilios que hemos tenido a lo largo de los siglos en nuestra vieja piel de toro.

Unos tuvieron que irse a países próximos o lejanos para huir de persecuciones o expulsiones. Pensemos en los sefardíes o en los moriscos. Aquellos añorando siempre su Sepharad y conservando a lo largo de las generaciones los tesoros de su idioma y la llave de la casa familiar. Otros, conversos a la fuerza, se refugiaron en zonas montañesas para escapar de la presión de la Inquisición, aunque a menudo sus nombres constaran en los sambenitos de las puertas de las iglesias para escarnio vecinal. Muchas de sus hijas llenaron los conventos (dando origen a una rica repostería) y otros escaparon cuando podían a las descubiertas Indias Occidentales.

En nuestro convulso siglo XIX, los refugiados afrancesados, carlistas o liberales, se acogieron en territorios franceses o ingleses. Al acabar la última guerra incivil, ya en el siglo pasado, fueron riadas los republicanos que atravesaron los Pirineos, para enrolarse bastantes de ellos en la resistencia antinazi y en los ejércitos aliados. Algunos conocieron la triste suerte de los campos de exterminio. O los niños enviados a la Unión Soviética. O atravesaron el Atlántico, como la flor y nata de nuestros intelectuales, acogidos en Argentina o México. Allí ejercieron su magisterio e investigación docente, llevando consigo el dolor de su memoria transterrada. En la plomiza España franquista desconocíamos su labor y hasta su existencia. (Pude adquirir conocimiento de sus saberes a través de aquel oasis de luz que fue la revista Índice, de aquel generoso falangista extremeño Juan Fernández Figueroa, donde aparecieron mis primeros balbuceos como escribidor). Y puesto a recordar otra linterna en las penumbras del nacionalcatolicismo imperante, es de justicia mencionar la revista de humor La Codorniz.

Pero hubo otros exilios cuya causa estuvo en querer huir de la miseria y del hambre. Pobres emigrantes que cogieron el camino de las Américas. Argentina, Chile, Venezuela, Cuba, principalmente fueron el destino de centenares de miles, en busca de fortuna que aquí no encontraban. Sin perder el cordón umbilical con sus raíces, con una añoranza que transmitían a sus descendientes, y que encontraban acomodo en los cientos de hogares gallegos, vascos, canarios, riojanos, etc., donde recordaban a sus patrias de origen y establecían fondos de solidaridad para ayudar a sus paisanos en apuros. Y cuando algunos conseguían su sueño y volvían enriquecidos a sus pueblos construían sus casas indianas y erigían fuentes y monumentos o fundaban escuelas para los hijos del pueblo.

En la segunda mitad del siglo XX, los destinos de los hispanos pobres eran europeos. Francia y Alemania, principalmente. Con sus maletas de cartón y una foto sobada de su familia celosamente guardada, fueron a trabajar duro con la mirada puesta en su regreso.

Claro que hubo también migraciones interiores. De aldeas gallegas, villorrios castellanos, pueblos manchegos o andaluces, acudieron a trabajar a las zonas industrializadas de Cataluña y Vizcaya. Mal vistos por la burguesía, denostados como charnegos o maketos, se alistaban en filas socialistas o cenetistas. Muchos de ellos allí se afincaron y se consideraron ya otros vascos o catalanes. Posteriormente Madrid y su cinturón se convirtieron en foco de atracción para gentes venidas del mundo rural.

Hoy hay otra emigración, principalmente a Europa, pero que también se extiende a muchos otros continentes. Son jóvenes universitarios que en esta España que dice ha salido de la crisis no encuentran trabajo. Muchos de ellos no volverán, formarán sus familias lejos y aunque se acuerden de sus raíces, son ya un eslabón importante en ese mestizaje planetario que es el horizonte próximo.

Y no puede faltar la evocación de esa emigración temporal que constituye el fenómeno de los temporeros. Para la recogida de la cosecha en el sur de Francia, las zonas vinícolas riojanas, castellanas o manchegas, en las naranjeras de Valencia y Murcia…Y no son sólo hispanos, los hay magrebíes, subsaharianos, del Este europeo…

¿Quién puede seguir sosteniendo que hay una sola memoria histórica?. ¿Hay Pueblo alguno que no sea plural tanto en sus orígenes como en su realidad actual?. ¿Hasta cuándo los nacionalismos cerriles seguirán tratando de uniformizar y de imponer fronteras?.