Hay una jota navarra que narra cómo en un pueblo de la Ribera no tenían agua para fraguar la argamasa para reconstruir la torre de la iglesia y tuvieron que emplear vino. Pues en la construcción de los imperios, de la antigüedad y actuales, y de las modernas naciones ha sido la sangre el líquido empleado para ensamblarlas. En el relato mítico del Génesis es la sangre de Abel a manos de su hermano Caín la que dará lugar a la expansión de la familia adámica. Y en la torre de Babel, con su confusión de lenguas, se encendieron los odios y empezaron las muertes que dieron lugar la dispersión de la humanidad.

Así se construyeron los imperios. Con el vertido de sangre de los extranjeros y, con más ensañamiento, de los propios. El que mejor conocemos de la antigüedad y del que procedemos, el romano, es un buen ejemplo. ¡Ay de los vencidos! era la exclamación que ejemplifica ese espíritu sanguinario. Los relatos históricos que recogen los logros de todas las construcciones políticas son sectarios: sólo nos transmiten el punto de vista de los vencedores, nunca el de las víctimas. Siguiendo su estela, se constituyeron los sucesivos imperios europeos: el germánico, el hispano, el francés, el inglés, el ruso…

El caso de la vieja Hispania no fué excepción. Somos fruto de mestizajes sangrientos: romanos contra celtíberos y cántabros; hispanoromanos contra godos; árabes contra bereberes en la Hispania musulmana; castellanos contra leoneses; castellanos contra navarros; cristianos contra musulmanes; cristianos viejos con conversos y moriscos…

En la conquista de América repetimos el patrón. Pudo hacerse en pocos años no sólo por la superioridad del armamento europeo, sino porque la convertimos en guerras civiles: los conquistadores se aliaron con pueblos indígenas víctimas de la opresión de los imperios azteca, maya e inca. Eso no se suele resaltar acá ni menos allá. La codicia y el afán de poder empañaron aquella gesta con esa sangre roja. La historia se repitió con las luchas por la independencia contra el dominio peninsular: fueron nuevas guerras civiles y la suerte de las poblaciones indígenas empeoró respecto al tiempo de la colonia.

De la revolución francesa surgieron las naciones políticas: una sola ley, un solo idioma, una sola historia. El ejército deja de ser mercenario y se convierte en obligatorio para los varones: es la nación en armas. Se emplea para aplastar cualquier reacción en contra del poder soberano de la nación, hacia dentro y hacia fuera. De ahí la frase cínica de Napoleón al contemplar los cadáveres de millares de muchachos franceses tras una de sus batallas expansionistas: eso lo arregla una noche loca de París.

Llorar y recordar la sangre de las víctimas, de todas ellas, cualquiera que sea el bando en el que hayan combatido, de grado o forzado, es justo y necesario. La sangre de esas víctimas es mucho más sagrada que todos los imperios y naciones. Conviene evocarlo todos los días: más en los solemnes.

En la Palestina sometida al imperio romano, hubo una víctima, ajusticiada de consuno por el pretor romano y el sanedrín, el poder político y el religioso: Jesús de Nazaret. En las primeras comunidades de sus seguidores, estuvo prohibido alistarse en las filas del ejército. Eran tan amantes de la paz que en uno de sus primeros documentos que relata su vida, la Carta a Diogneto se lee que vivían como extranjeros en su propia patria y como ciudadanos en las ajenas.