Cuando uno echa atrás su mirada sobre su vida, encuentra las muchas equivocaciones y errores que, a lo largo de ella, ha cometido. Somos seres frágiles y confundimos muchas veces lo que realmente queremos.

Con bastante frecuencia oímos eso de que yo no me arrepiento de nada. Y parece que se quedan tan panchos. Si es cierto, ¿no supone un empecinamiento en el error?.

Claro que también están quienes se pasan el resto de sus vidas lamentándose de esos fallos. La angustia morbosa paraliza su existencia, anclados en el ayer.

Para salir responsablemente de esa situación, lo primero que hay que hacer es reconocer esas equivocaciones, sin echar la culpa a los demás. Hice mal, estoy arrepentido, no quiero volver a hacerlas.

Esto supone saber perdonarse. Y pedir perdón a las personas a las que hayamos dañado con nuestros actos. Y si es posible, repararles ese daño.

El creyente parece tener una ventaja en ese camino reparador. Puede dirigirse a Dios para recabar su perdón. Más aún, a través de Jesús, sabemos que estamos ya perdonados. Pero para recibir ese perdón, ¿no necesitamos dos cosas: aceptarlo y perdonar las ofensas que nos hacen a nosotros?.

Y los que se saben perdonados, ¿no deben ser agentes de perdón, paz y reconciliación en esta sociedad convulsa que hemos creado con nuestras acciones y omisiones?. ¿No habremos de laborar con quienes, creyentes o no, se afanan por buscar la concordia y la fraternidad?