Una buena e inquieta amiga, tras la lectura de un artículo mío, me plantea la interrogante de si las necesidades que creemos importantes en nuestra vida nos son necesarias o nos han sido impuestas mediáticamente.

La pregunta tiene su calado profundo. Porque seguramente hay muchas cosas que consideramos imprescindibles para la vida y no pasan de ser superfluas ya que no añaden nada nuestro bien-ser. Por mucho que la propaganda nos las meta por los ojos y los oídos. Estimula emocionalmente nuestra envidia -si otros las tienen, ¿por qué no yo?-, el deseo de estar siempre a la moda, nuestro afán de comodidad y el ansia de placeres superficiales y perecederos. ¿Es de extrañar que, como consecuencia, la tristeza y el aburrimiento sean el común denominador de la sociedad actual?.

¿Qué es lo que realmente necesitamos?. Para empezar -creo yo- el ser amados tal como somos, con nuestras imperfecciones y errores. Los creyentes tenemos una suerte inmensa, si vivenciamos el amor que el Misterio que nos envuelve nos profesa. Somos seres hambrientos de cariño. Claro que esta carencia tiene una contrapartida ¿soy capaz de darlo?. El amor de pareja y las amistades ¿no son la primera necesidad básica para ser felices?. Quien no las ha tenido, ¿no tiene ahí un vacío existencial?.

Tenemos otras necesidades básicas: vestido, alimento, techo para cubrirnos. ¿Cuántos seres humanos las poseen?. ¿Puedo ser plenamente feliz mientras esa situación de injusticia atroz perdure?. Sólo la lucha consciente por otro mundo justo y fraterno puede darme paz.

La libertad real y compartida es otra necesidad imprescindible. ¿Soy verdaderamente libre?. ¿O soy esclavo de esos caprichos, nacidos de mi ego y estimulados por este sistema injusto?. Es que hay esclavos voluntarios que han abdicado de la auténtica libertad y otros forzados, también en este siglo XXI. ¿Puedo ser totalmente libre, mientra haya un sólo esclavo en la tierra?.

Necesitamos un contacto estrecho con la naturaleza. Aunque hemos salido de ella, seguimos formando parte de la misma. La necesitamos para nuestro equilibrio emocional. La rígida urbanización del neoliberalismo nos aleja de ella, a la par que la va destruyendo. ¿No precisamos ser conscientes de que es nuestra Casa Común y de que debemos cuidarla y conservarla, también para las generaciones futuras?.

Y añadiré la necesidad que los seres humanos tenemos de la belleza. La fealdad como grito subversivo es un atentado contra esa aspiración. El goce ante los paisajes maravillosos que la naturaleza nos brinda está abierto a todos. Y el arte, en todas sus variedades, obra de creadores inspirados, es fuente de paz y entusiasmo desde los mismos albores de la humanidad.

Hay una paradoja tremenda: ¿por qué los pobres -no los hundidos en la miseria- que tienen cubiertas esas necesidades básicas son capaces de vivir con alegría, expresada en sus miradas luminosas y en sus risas compartidas?. ¿No son una lección para las aburridas y avariciosas gentes que se afanan por poseer y viven esclavas de sus miedos?. ¿No es hora de empezar a desprenderse de lo superfluo y de com-partir?