Otra de las calificaciones que nos definen a los humanos -seres tan complejos, frágiles e inacabados- es el de miedosos. Sabemos que el miedo es una defensa biológica ante el peligro. Su aparición dispara nuestra adrenalina y se traduce en tres posibles respuestas: huída, ataque violento o parálisis.

Pero los humanos tenemos una característica que nos diferencia del resto de los animales: imaginación. Con ella, podemos anticipar un posible peligro, acrecentarlo o crearlo en nuestra mente. En los tres casos nuestro cuerpo puede reaccionar de la misma manera.

Nacemos totalmente indefensos: nuestra supervivencia necesita ser nutridos, cuidados y amados en las distintas clases de familia que se van sucediendo en la historia de la humanidad. Su ausencia o el temor de su pérdida provoca el llanto revelador del pavor del bebé.

Al ir creciendo, ampliamos el campo de nuestras relaciones, rompemos el cordón umbilical familiar y tendemos a explorar territorios y nuevos tús que entran en nuestra experiencia vital. Así se va formando nuestra identidad en un proceso que no se extinguirá hasta la muerte.

Y vamos extendiendo también el abanico de nuestros miedos. Muchas veces se denominan fobias. Hay quienes lo tienen a la oscuridad a la que pueblan imaginariamente de fantasmas atemorizadores. No faltan aquellos en quienes su fobia se dirige hacia la luz y buscan ansiosamente la penumbra o la negrura.

El miedo a la soledad está bastante extendido. Gentes que necesitan la compañía de otro ser humano o de una mascota que calme esa angustia. Por contra, hay quienes rehuyen la compañía y sólo encuentran sosiego al estar acompañados. Pero, está muy claro que sólo quien sabe disfrutar la soledad, puede entablar relaciones sociales gratificantes -de pareja, amistad o compañerismo- para sus participantes.

Los que tienen fobia a lo desconocido, a lo nuevo, se aferran desesperadamente a sus rutinas. No toleran los cambios, individuales ni sociales. Ahí está la raíz de los conservadurismos. En el otro extremo, se encuentran los que no aceptan el pasado, quieren derribarlo, a toda costa y rápidamente, y buscan ansiosamente cualquier novedad que se les ofrezca, pues sólo el progreso, aunque sea ciego, es lo mejor. Su consigna es avanzar siempre, aunque sea hacia el abismo.

Hay miedos individuales y otros grupales. Como somos animales sociales y a menudo tendemos al gregarismo, resulta que el miedo es tremendamente contagioso. Basta que un animal de la manada grite angustioso para que el resto se contagie del pavor y reaccione al unísono. El diferente, el disidente, el que piensa por su cuenta, el extranjero, quien tiene distinta cultura y costumbres, religión, color de piel, habla otro idioma, dispar orientación sexual, suscita rechazo. De ahí, al miedo hay un sólo paso. Y con él a la violencia. Los inseguros incurren en esas fobias.

Miedo tiene la mujer al macho en el sistema patriarcal. Y el varón a la mujer que se atreve a pensar libremente, cuestionando su situación, y se le encara de igual a igual. De este último miedo nace la violencia de género, las violaciones y agresiones sexuales, el goteo incesante de mujeres asesinadas por sus parejas que un día les prometieron amor.

La gente de a pie tendemos a tener miedo de los poderosos. No caemos en la cuenta de que ese miedo nuestro es el que les da su poder. Si nos atrevemos a levantar nuestras rodillas sumisas y nos alzamos para mirarlos cara a cara, su poder se desvanecerá. Con él, los mitos con que nos engañaban para justificar su dominio y nuestro vasallaje. Y descubriremos como el niño del cuento que el rey estaba desnudo.

Y los poderosos son los que tienen más miedo: por eso, necesitan guardias que los protejan. Miedo de que un día sus súbditos ya no les obedezcan. Miedo a sus cortesanos que ansían quitarlos de en medio para sentarse ellos en el trono.

Entre los poderosos están los más peligrosos: los religiosos, porque pretenden encadenar las conciencias, recordando constantemente la muerte. Amenazan con penas eternas a quienes se atrevan a salirse de su rebaño y se alían con frecuencia con los poderes civiles para reforzarse mutuamente Predican un dios justiciero y vengativo, en sus dogmas y catecismos. ¿Qué tiene que ver ese falso dios con el Abbá de Jesús, el de la vida, los pobres, la misericordia y el perdón?.