A un intelectual hay que exigirle siempre claridad y búsqueda honesta de la verdad. Y si quiere descender del olimpo académico para divulgar sus opiniones al público sencillo, a estas exigencias previas habrá que añadir el no acudir a la demagogia, empleando sus propios prejuicios como dogmas contra sus oponentes.

Los secesionistas catalanes han apelado a la ética como justificación de su postura política. Pero, para contradecirles, no se puede separar la ética de la política (como tampoco de la economía). La política tiene su espacio autónomo, sí, pero sin una base ética se convierte en inhumana.

Llamar nacionalismo en forma blanda al apego emocional al propio terruño es demagogia. Porque nacionalismo es una ideología que construye inventándola una nación política. Y existe el nacionalismo catalán y el español. Y tan constructos mentales son las naciones políticas catalana como la española. Aquella utópica y ésta a medio hacer.

Y en Europa tenemos los grandes nacionalismos como el alemán y el francés que provocaron dos guerras mundiales. Y menores, entre los que pueden citarse, a modo de ejemplo, el corso, el bretón, el flamenco o el lombardo.

Y todos los nacionalismos -grandes o chicos, estatales o no- se parecen en sus rasgos básicos: tendencia a la uniformidad, separación radical entre nacionales y extranjeros, carácter sagrado de las fronteras…

Y su máxima característica común es que todo nacionalismo es separatista respecto a una unidad superior.

El catalán respecto a España, el español cara a Europa. ¿De dónde vienen las resistencias a la integración europea, sino de los nacionalismos de los Estados que la integran?. ¿El Brexit británico no ha nacido del nacionalismo inglés?. Y si hubiera un nacionalismo europeo, ¿no supondría una separación respecto a la unidad de la familia humana?.

Un sofisma empleado contra los otros nacionalismos -no contra el propio, claro- es la exaltación de la condición de ciudadanos. La ciudadanía, dicen, la da el Estado. ¿Qué fue antes el huevo o la gallina?. ¿Los Estados o los ciudadanos?. ¿Quiénes crearon el Estado?. ¿Nació de un contrato social o fue fruto de la imposición de una minoría poderosa?.

La disyuntiva entre derechos de las personas y derechos de los grupos adolece de la misma falsía. Los infanzones de Obanos en el viejo reino de Navarra, lo tenían claro :” Pro libertate patriae, gens libera state”, por la libertad de la patria, permanezcan libres las personas. Si extendemos el privilegio nobiliario a toda la población, el principio es diáfano: las libertades de las personas son básicas, pero de ellas forma parte la libertad de los grupos en los que se desenvuelve la vida de los individuos. Libertades que deben imponerse al mismo Estado para fundamentar la legitimidad de su existencia.

¿A quién hay que obedecer, a la conciencia o a la ley?. En caso de conflicto grave entre la conciencia adulta y la norma jurídica la respuesta ética es tajante: a la propia conciencia. Pero asumiendo gallardamente las consecuencias que esta desobediencia pueda acarrear. No jugando a subterfugios infantiles o a la huída. El ejemplo lo tenemos claro en las grandes figuras de la no-violencia activa: Sócrates, Jesús, Ghandi, Luther King. Arrostraron la muerte o la cárcel por fidelidad a sus convicciones.

Las fobias individuales perjudican a quienes las padecen, si no saben superarlas. Conocerse a uno mismo exige hacer conscientes las fobias y filias que nublan nuestra mente y condicionan nuestra conducta.

¿Es lógico que ya en el siglo XXI haya intelectuales españoles que conserven y manifiesten ácremente la vieja fobia anticlerical?. ¿Mas no resulta pareja de la fobia antilaicista de un sector de la jerarquía católica? ¿No se alimentan ambas recíprocamente?.

No se pueden asumir humanamente los conflictos, sino encarándose con ellos. Ignorarlos o congelarlos sólo conduce a su emponzoñamiento por el transcurso del tiempo. Pero enfrentarse con ellos, nos exige poner paz en nuestro interior y respetar la dignidad de todas las personas involucradas en ellos, por muy disparatadas que puedan parecer sus posturas. ¿No hay que trabajar por superarlos, elevándonos por encima de las rigideces en un esfuerzo de escucha y diálogo?. ¿Vencer ha significado alguna vez convencer?.