Llamar a alguien bastardo, aludiendo a su origen extramatrimonial, era un insulto grave. Hoy la igualación jurídica de los nacidos dentro o fuera de una unión jurídica, ha hecho que el calificativo haya perdido su significación antigua. Aunque no deja de ser un improperio lanzado contra aquellas personas a las que se les atribuye intenciones y conductas torticeras.

El origen bastardo antaño no era deshonra, cuando el progenitor era persona de alta alcurnia. Recordemos los dioses del Olimpo griego y a sus abundantes descendientes con mujeres mortales a las que seducían o violaban. Cuando un rapsoda de la época quería encumbrar a un héroe no dudaba en atribuirle ese origen.

El evangelista Lucas al resaltar míticamente la concepción de Jesús, se inspiró más que en la tradición hebrea en esos antecedentes paganos. Una mala traducción del término doncella, muchacha joven, por el de virgen, celosamente mantenido en la liturgia oficial, hizo el resto. Y así, aferrados a la literalidad del texto, se puede hablar dogmáticamente de una bastardía divina de Jesús con el consiguiente papelón del bueno de José.

También en las familias ilustres la bastardía era motivo de blasones. Recordemos la cantidad de hijos bastardos que los señores medievales tenían con su amantes. Aunque fueran reyes o nobles cristianos no desdeñaban sus amores con mujeres judías o musulmanas, cuya belleza les encandaliban. El escudo en ángulo que se ve en tantas casonas de viejas ciudades es el recuerdo de aquellas bastardías encumbradas. Y si llegamos a la era moderna, la figura del Juan de Austria, vencedor de Lepanto, hijo del emperador Carlos y de Felipe II, es harto conocida.

Normalmente eran los príncipes quienes buscaban fuera del matrimonio el amor que no encontraban en matrimonios impuestos por razones de estado. Pero no faltaban reinas que llevaban al tálamo real a plebeyos. Recordemos a María Luisa de Parma, mujer de Carlos IV, cuyos amores con el favorito Godoy eran conocidos públicamente. O a Isabel II, obligada a casarse con un primo homosexual, que satisfacía su líbido con políticos a los que encumbraba o con aquel teniente valenciano de su guardia, que motivó que al futuro Alfonso XII se le conociera como el puigmontejo.

Se alaba corrientemente el mestizaje de la América Latina frente al genocidio racista que los conquistadores anglosajones impusieron al norte de Río Bravo. ¿Mas los conquistadores hispanos no engendraban a sus descendientes con indígenas más como resultado de violaciones que de uniones matrimoniales?. Claro que enseguida los misioneros se encargaban de bautizar a los recién nacidos.

Es revelador la cantidad de niños abandonados durante siglos en conventos o parroquias. ¿No revela una abudancia de hijos extramatrimoniales?. ¿No resulta llamativo el apellido Expósito que se transmitía a las generaciones futuras?.

La exigencia de Derechos Fundamentales de todas las personas, con independencia de su orígenes, ¿no es una conquista relativamente reciente?. ¿No debemos exigirlos (de todos y para todos) frente a las vulneraciones que se dan con harta frecuencia?