Del Misterio que llamamos Dios sólo podemos decir que no sabemos, ni podemos saber nada. Todo lo más, podríamos distinguir entre Lo que es en Sí, inescrutable y sus posibles manifestaciones.

Pero los humanos no nos resistimos a ese no saber, a ese no poder decir nada. El resultado es que nos inventamos un dios a nuestra imagen y semejanza. Lo cual no deja de ser un ídolo, contra el que clamaban sin parar los profetas bíblicos.

Los israelitas empezaron por forjarse un dios guerrero, vengativo y justiciero, en pugna con los dioses de los pueblos vecinos. Era un dios propiedad del pueblo elegido que les había sacado de la esclavitud de Egipto y les había dado en heredad la Tierra Prometida.

Lo que parece deducirse de la exégesis de los Libros Sagrados es que ese Dios incognoscible se complace en desestabilizar a quienes quieren seguirLe. Para empezar a Abraham, a quien saca de su tierra y convierte en un arameo errante. Moisés se ve obligado a volver a Egipto y a intentar sacar al Pueblo israelita de la opresión del faraón y a conducirlo por el desierto durante décadas.

El exilio posterior a Babilonia es otra dura prueba de la que los profetas sacan una purificación de su fe en Yaveh. Dios se convierte en un nombre impronunciable.

Pero una y otra vez, la casta sacerdotal, guardiana y beneficiaria del Templo, se empeñaba en volver a ese dios rigorista, capaz de exigir múltiples mandatos y sacrificios. Y la voz de los profetas desnudaba esa pretensión: Misericordia quiero y no sacrificios. Lo que agradaba al Señor era atender a las viudas, a los huérfanos y a los extranjeros.

Los cristianos celebramos en Navidad, el nacimiento de un Niño, débil y pobre, donde creemos se hará presente la misma divinidad. Escándalo para la pretensión de un dios soberano, lleno de poder y majestuoso.

La vida de aquel predicador ambulante, que, rodeado de hombres y mujeres, recorría los caminos y aldeas de Palestina, curando enfermos, trayendo paz a los corazones, y rompiendo los tabúes contra las personas y los alimentos hirió la sensibilidad de los religiosos bienpensantes de su época. Redujo los mandamientos de ley mosaica a uno doble: amar a Dios y al prójimo. Como ejemplo de misericordia puso a un hereje samaritano. Y cuando se atrevió a enfrentarse con el poder aplastante del Templo, el poder religioso -el Sanedrín- y el político -imperio romano- se aunaron para asesinarlo y condenarlo a muerte de Cruz.

Sabemos lo que ocurrió con el pueblo judío, después de la conquista de Jerusalén por los romanos. Su diáspora y la pérdida del sanedrín. Desgraciadamente, lo hemos heredado los cristianos. Y se alzó una casta sacerdotal definidora de lo que llaman el depósito de la fe, mediadora entre la divinidad y los fieles, condenados a una situación servil, especialmente si pertenecen al género femenino.

Tras los aires de la modernidad con la Ilustración y su lema Atrévete a Pensar produjo en esta iglesia piramidal una honda crisis. Su pretensión de controlar el pensamiento a través de dogmas férreamente definidos empezó a resquebrajarse. Y el miedo a ese dios, rigorista y justiciero, amenazador con penas eternas, dejó de perseguir a muchos habitantes de la vieja Europa. Los maestros de la sospecha -Marx, Nietsche, Freud, Kierkegaard…- hirieron esa creencia arrogante. El grito de aquel loco que soñara Nietsche que íba pregonando la muerte de dios se escuchó rápidamente. Ha muerto añadía porque nosotros los hombres lo hemos matado. Lo trágico es que a la muerte de ese dios, le sucedió la muerte del hombre. Los campos de concentración nazis y los gulags soviéticos son la huella feroz de dos ateísmos rivales del siglo XX.

El concilio Vaticano II abrió en aquella oscuridad dogmática en que vivía encerrado el catolicismo la apertura a una luz inclusiva. Esa esperanza duró poco. El miedo a la pérdida de poder cegó el diálogo con la sociedad. Un frío invernal heló esas semillas.

Pero ahí estaban soterradas. Ha bastado la llegada de un pastor del sur, Francisco, para que una nueva primavera de puertas abiertas, de salida a las periferias haya rebrotado. Mas falta mucho todavía.

La historia sigue avanzando. El silencio de Dios ante el mal y los miedos de los humanos pesa como una losa para los que buscan creer hoy. Un cuento judío puede ayudarnos a entender la situación. Después de la Shoa, del exterminio en las cámaras de gas, sabios rabinos se reunieron para juzgar a Dios por haberlo consentido. La sentencia fue unánime: Lo declararon culpable y lo condenaron a muerte. Y luego salieron apresurados, pues tenían que ir a dirigir las oraciones de la tarde de sus respectivas sinagogas.

¿No revela la situación profunda de la sociedad actual?. No podemos creer ya en las imágenes absurdas de ese dios que hemos fabricado. Pero el anhelo de espiritualidad, del Misterio profundo sigue latiendo en el corazón humano. ¿En esa búsqueda inagotable, no estás Tú que nos llamas?. Un poeta, Luis Rosales, con clara inspiración en San Juan de la Cruz, lo expresó en estos versos: “de noche, iremos de noche/que para encontrar la Fuente/ sólo la sed nos alumbra”. Y lo que lleguemos a encontrar ¿no será también otra imagen creada por nosotros?. Sólo tras el tránsito final, cuando Te veamos cara a cara, ¿descansará nuestro corazón?. Eso esperamos.