¿Puede haber vida sin problemas?. Claro que para los humanos hay dos clases de problemas: los que nos trae el mismo transcurrir de la vida sin buscarlos y los que nos vamos creando nosotros mismos, con nuestros miedos e imaginaciones.

La pregunta, ¿qué hacer con ellos?, puede tener dos respuestas alternativas. Resignarnos y soportarlos de manera que nos alteren lo menos posible. O bien, encararnos con ellos, reconocerlos y tratar de resolverlos o reducirlos a su mínima expresión. ¿Cuál de estas opciones elegimos?. Todos conocemos a personas que han hecho de sus problemas la razón de su existencia. Van de víctimas por la vida y tratan continuamente de suscitar la lástima de quienes las escuchen. ¿Es de extrañar que, con su amargura existencial, provoquen rechazo y aislamiento?:

La primera opción, la de la resignación, no deja de ser de algún modo cobarde. Aceptar la derrota antes siquiera de haber peleado. Con un peligro enorme, aparte del daño que con esta actitud nos causamos a nosotros mismos. El de que con este no hacer nada, se pudra el problema y lo que al principio podía ser minúsculo, se agigante por el mero paso del tiempo.

Encararse con un problema es atreverse a mirarlo cara a cara. ¿Tiene existencia real o es mero fruto de mi imaginación?. ¿Es causa de sufrimiento para mí o para quienes me rodean?. El miedo a lo que pueda ocurrir o a lo que puedan pensar los demás es causa, a menudo, de múltiples problemas. Los futuribles que nos hacemos igual no ocurren nunca. Y del pensamiento ajeno no somos responsables. ¿No ha ocurrido que nos hemos equivocado muchas veces al suponer esos juicios ajenos?. ¿No hay mucho de egocentrismo en esas suposiciones?. ¿No es hora de empezar a ser adultos moralmente responsables, de acudir a nuestra propia conciencia para tomar nuestras propias decisiones?.

Relacionado con esto, se encuentra la existencia de problemas de convivencia. Podemos estar directamente involucrados en ellos. ¿Qué actitud tomo?. ¿Dejo que me domine la ira?. ¿O soy capaz de serenarme y tratar de averiguar que se esconde tras la postura de la personas o personas que chocan conmigo?. ¿Y tras la mía?. ¿Doy demasiada importancia a esos problemas y no trato de relativizarlos, tomándolos con humor?

En otras ocasiones, me afectan indirectamente. Son otros los enzarzados. ¿Pienso allá ellos, que se les apañen como puedan y a mí que me dejen en paz?. Pero si se dan dentro de un grupo al que estoy afectivamente ligado y soy testigo de cómo la disputa crece de tono y surgen odios, posibles causantes de violencia física, lógicamente sufriré. ¿Cuál es la postura que tomo?. ¿Rehuyo la cuestión? ¿O me atrevo a mediar, intentando actuar como agente pacificador, aunque corra el riesgo de que me ataquen por ambos lados?.

Advertida la existencia de un problema real, hay que preguntarse por sus posibles soluciones. Con una pregunta inicial: ¿cuál ha sido hasta hora mi conducta ante él?. ¿Por qué sigo insistiendo en respuestas que lo mantienen o lo agravan?. ¿Saco con ello algún beneficio?. ¿Qué pasaría si cambiase de actitud y adoptase de hecho una posición distinta?. ¿Cuál sería mi vida y la de mis prójimos si desapareciese el problema?.

Ocurre a veces que quien se ve inmerso en un problema no sabe cómo afrontarlo. Es natural entonces pedir ayuda. A alguien con la experiencia y paciencia para saber escuchar. Al exponerlo de viva voz, puede que se vea mejor. Al expresar en voz alta las decisiones a llevar a la práctica, ¿no se refuerza la voluntad de llevarlas a cabo?. Y si el contacto se mantiene, ¿no se prolonga ese efecto terapéutico?.