Tienen bastante razón los que denuncian el carácter tribal de los nacionalismos. Pero lo que no comparto es que sólo lo apliquen a los mininacionalismos que quieren independizarse de un Estado. ¿Pero no es una tribu más grande la que ha logrado convertirse en un Estado propio?. En el mundo globalizado de hoy ¿no resulta anacrónica la insistencia en esos rasgos esenciales que definen a una nación política?. Todo nacionalismo ahoga, o pretende hacerlo, las naciones culturales que están en su territorio con sus ansias uniformizadoras y es separatista respecto a unidades superiores, como la misma familia humana.

Pero en el mundo de hoy, hay otras tribus además de las territoriales. Una clase social es una de ellas. Marca una forma de vivir, de pensar, de vestir, un estilo de lenguaje y muchas veces unas reglas de decoro y moralidad. En otras épocas, sus fronteras estaban mucho más marcadas. Hoy se han difuminado mucho. Pero siguen subsistiendo, más que en las formas externas, en el estilo de vida. Claro que siempre han existido los desclasados, los que voluntariamente al estilo bohemio o por infortunios de la vida, se encuentran en los márgenes de esas distinciones.

Existen las tribus agrupadas por la edad. La juventud, la madurez y la ancianidad eran las que marcaban las grandes divisiones de la vida, con sus estilos propios en la forma de relacionarse, de vestir y de comunicarse. También ahora se pretende borrar, quizá inútilmente, sus límites. Hay un intento, muchas veces ridículo, de conservarse siempre joven, de imitar sus formas de vida y de comportarse.

Hay otras tribus diferenciadas por el género, femenino y masculino, al que ahora se añade un tercero, el trans. Con territorios bien marcados: para el masculino, dominante, la esfera pública; para el femenino, sometido, la casa con la crianza y educación de los hijos. Las luchas feministas pretenden eliminar esos estereotipos. Pero el camino a recorrer aún es largo y la crisis económica, generada y administrada por el neoliberalismo, ha provocado evidentes retrocesos. La celebración del 8 de Marzo, con la huelga anunciada, es una llamada de atención denunciadora y puede ser, si tiene éxito (cosa que depende en primer lugar de TODAS las mujeres y de la complicidad de suficientes varones), principio de un acelerón en la conquista de una sociedad igualitaria.

No podemos olvidarnos de las tribus ideológicas. Con sus santones, sus poses, sus eslóganes -a menudo ya polvorientos-. Tradicionalmente se dividían en derecha e izquierda, aunque prefieran hoy ampararse bajo la tibieza de un centro del que se ignora su exacta ubicación. Las diversas derechas, como se aglutinaban más por intereses que por doctrinas, fácilmente pactaban un frente común. En cambio, a las izquierdas les costaba más por el mayor peso en ellas de su dogmatismo. Pero ambas se han visto desbordadas por populismos, tanto del flanco diestro como del siniestro.

Las tribus religiosas siguen pesando en el mundo globalizado y aparentemente secularizado de hoy. Con sus núcleos fundamentalistas que sostienen que fuera de ellas -de cada una- no hay salvación posible. Por eso, son uno de los gérmenes que alientan las violencias y ataques que suceden en tantos lugares. De ahí, la necesidad de un profundo diálogo interreligioso en el que se influyan mutuamente, superen sus exclusivismos y alienten una ética universal, basada en la regla de oro, común a todas ellas: “trata a tu prójimo, como quieras que te traten a tí”

¿Podríamos dejar de señalar la existencia de otra tribu, cada vez más minoritaria y más poderosa, por su acumulación de las riquezas de esta sociedad globalizada que se va alejando de la inmensa mayoría?. ¿No son los dueños del planeta que con su ideología neoliberal acabarán -si les dejamos- cegando la vida de las futuras generaciones y de la naturaleza?.