De mis lejanos años cuando estudiaba la carrera de Derecho, recuerdo que había tres asignaturas que llamábamos marías: gimnasia, formación del espíritu nacional y religión. En la Universidad de Zaragoza donde yo la cursé, era responsable de la materia de religión un canónigo del templo del Pilar. Era autor del libro que la desarrollaba; según las malas lenguas, bastaba comprarlo y dejar constancia del nombre en la librería para aprobar. El examen, por escrito, tenía lugar en el paraninfo de la facultad de Medicina, pues convocaba a la vez a los estudiantes de todas las carreras. En los nervios previos al examen había un graciosillo que decía que una pregunta habitual consistía en decir cómo eran los ojos de la Virgen. En el corrillo se discutía: para unos de color azul cielo, otros que como buena galilea los tendría oscuros. El listillo lo aclaraba explicando que los tenía misericordiosos como se reza en la Salve.

Cierto que poco importa el color de los ojos. ¿Lo relevante no es lo que transmite nuestra mirada?. No en vano, el refrán asegura que los ojos son la ventana del alma. No sé que trasluciría la de aquel niño que era yo, tímido y soñador. Como todos seguimos llevando dentro a aquel tierno infante que fuímos, ¿se nos notará en la mirada, de cuando en cuando, la luz inocente e ingenua de aquel personajillo?.

En una época posterior de mi vida que me resultó muy amarga, intentaba llevar en mi rostro una máscara impenetrable que ocultara mis sentimientos. Recuerdo que llegó a mis oídos la impresión de alguien que dijo que tenía una mirada muy triste. Por la misma época, una persona mayor aseveró que no se atrevía a mirarme a la cara pues le daba miedo.

Pasaron los años y la paz serenó mi corazón. Y he escuchado impresiones diversas sobre lo que dicen reflejan mis ojos. Una chavala joven, hija de una buena amiga, los encontraba picarones. Creo que, desde que soy abuelo, reflejan, sobre todo, ternura. Alguien que acababa de conocerme afirmó que encontraba mi mirada muy dulce. Y otra persona, que sólo sabe de mí por mis escritos, no tiene reparos en afirmar que tengo una visión mundana, (en el sentido de la ascética tradicional que ve al mundo como uno de los tres enemigos del alma).

Cuando conozco a una persona, lo primero en que me fijo es en sus ojos, intento deducir su personalidad. Me conmueven aquellos que transmiten haber padecido una pena honda, sea alegre o triste su expresión en aquel momento. Es como si hallase un cómplice, alguien que ha sufrido y tiene el coraje de seguir viviendo.

¡Qué pocas son las personas que saben mirar a los ojos!. No airada, ni inquisitivamente y muchos menos con asco. Mirar a los ojos serenamente es ofrecer una apertura y esbozar una sonrisa de reconocimiento igualitario. Es mucho más que fijarse en el atuendo, de vestido, cabello o calvicie.

También hay quienes al sentir de reojo la presencia de otra u otras personas, contra las que guardan prejuicios por su aspecto desaliñado, por su pobreza, por su origen étnico, por sus adornos o señales de inclinación religiosa o de otra índole, apartan apresuradamente su mirada. ¿Tendrán miedo a que su simple visión les contamine?. ¿O se sentirán ofendidos por su proximidad física y se sienten heridos por compartir un espacio con ellas?.

¿Cómo sería la mirada de Jesús de Nazaret?. Los que nos decimos sus seguidores, ¿no deberíamos tratar de imitarla?.