No son pocos a quienes la palabra perdón les suena falsa. O al menos, la consideran devaluada, un huero convencionalismo social. Lo que no sé es si esa enemiga a lo que significa perdonar, deriva de la experiencia cotidiana de ver cómo se usa para exculparse frívolamente de una conducta dañina o de un ejercicio de cinismo, para poder seguir actuando sin preocuparse de los demás, al procurar nuestro provecho egoísta.

Hay dos clases de males. Unos, independientes del ser humano -vejez, enfermedad, muerte- o provenientes de catástrofes naturales. Y otros en los que interviene la voluntad humana, por omisión o acción, negligente o deliberada.

Ese mal humano que causa dolor en sus semejantes puede ser pequeño -que sólo en personas muy sensibles causa grave trastorno- o importante: homicidios, secuestros, torturas, agresiones sexuales… ¿Podemos apreciar la enormidad del mal causado a un semejante sin reconocer el carácter sagrado de todas las personas humanas?.

¿Cómo reaccionamos ante el mal que causamos o el que sufrimos?. Si somos los agentes del mismo, podemos ignorarlo o intentar disculparnos -no pretendíamos causarlo; se lo había buscado con su conducta inapropiada; todos hacen lo mismo; no es para tanto, es un o una quejica; me ampara la ley; está en mi naturaleza…-. Claro que la responsabilidad por el mal causado no es sólo de quien lo hace directa y materialmente, sino también de los inductores -inculcando odio o prometiendo recompensas, aquí y ahora o del agradecimiento de las generaciones futuras o en el más allá-. Y de los cómplices -activos y pasivos-.

Está también la tremenda cuestión de las víctimas. Tantísimas veces olvidadas y despreciadas. Hemos de acercarnos a ellas, intentar com-partir su dolor, más que con palabras hueras de condena, enjugar sus lágrimas con solidaridad sincera. Y, desde luego, no intentar manipularlas. Tienen derecho, sobre todo, a la memoria, a que se conserve su relato, las de ayer y las de hoy. Sin distingos repugnantes entre las nuestras y las ajenas. Todas las víctimas son de todos. Nadie tiene derecho a exigirles que perdonen y mucho menos que olviden. Somos todos, la sociedad entera, los que tenemos el deber de pedirles perdón. Sólo así, podremos decir -de verdad- NUNCA MÁS.

Relacionado con el tema del Perdón, está el del Arrepentimiento. Sin éste, de corazón y sincero, aquel no deja de ser una farsa. Pero tampoco podemos negar a nadie la posibilidad de un arrepentimiento pleno. A lo largo de la historia tenemos el ejemplo de tantos victimarios que han sabido reconocer la enormidad de sus desmanes, han cambiado radicalmente de conducta y han intentado reparar el daño causado. Mas, ¿cómo devolver la vida a quienes se les ha arrebatado?. El primer deber en todos los casos es no injuriar la memoria de las víctimas elaborando un falso relato justificativo de sus crímenes; esperar la gracia de su perdón, si tienen a bien concedérselo; y aceptar la sanción penal que un Tribunal de Justicia les imponga.

Quizá un perdón más difícil es el que cada uno debe darse a sí mismo. Sin negar el mal que nos hemos hecho, por activa o por pasiva. Podemos ser nuestra única víctima. Y si ha sido a otros, el primer perjudicado hemos sido los autores, nuestra dignidad moral ha descendido en función de su gravedad. ¿Qué ser humano no necesita del perdón?. Sólo quien se ha perdonado, quien ha recibido y aceptado esa gracia puede perdonar de corazón a los demás.

Las comunidades humanas necesitan el ejercicio ético del perdón recíproco para una convivencia armónica. El desgarro producido por los males acaecidos en ellas necesitan ese bálsamo capaz de cicatrizar las heridas, sin el pus de los odios emponzoñadores. Los que nos decimos seguidores de aquel Maestro que murió en una Cruz perdonando a sus asesinos, ¿no debemos ser adelantados en esa tarea pacificadora de sembrar Perdón?.