Esa es la disyuntiva ideológica que se presenta a los seres humanos hoy. La ideología nazi, defensora de la pureza racial y de la superioridad aria, fue derrotada en los campos de batalla, pero pervive en muchas mentalidades y parece que está creciendo últimamente. Las sospechas ante el extranjero, contra los emigrantes, alimentan cierres excluyentes de fronteras en Europa y otras partes del mundo.

La alternativa radical al mestizaje es la endogamia. Sabemos de los catastróficos efectos biológicos y culturales que, llevada al extremo, produce. La degeneración física y el estancamiento espiritual son sus consecuencias a corto y largo plazo.

Es una falsedad científica que los humanos nos dividamos en varias razas. Somos una sola que se diversificó desde su remoto origen africano al expandirse en sucesivas migraciones. Incluso se han hallado huellas genéticas de neardentales en los cromosomas de los “homo sapiens” de hoy.

¿Por qué ese miedo a que vengan a nuestra tierra gentes procedentes de otras, convivan y se mezclen con nosotros?. Las raíces son variadas: un estúpido complejo de superioridad, como si los recién llegados o que llaman a nuestras puertas fuesen inferiores. O a perder nuestra identidad cultural por el mestizaje, como si esa identidad no fuese el resultado histórico de la mezcla de gentes diversas.

En nuestro caso español, el idioma común es un latín estropeado, aderezado con palabras procedentes de otras hablas peninsulares, del árabe, de términos de América, o de otros idiomas modernos. Nuestra gastronomía se quedaría coja sin las aportaciones de productos y saberes culinarios árabes, judíos, americanos o ultrapirenaicos. Nuestra filosofía es heredera de Grecia, el derecho de Roma, nuestra religión de Israel. Lo mismo podríamos decir de la música, la pintura, escultura, arquitectura, literatura y demás artes.

Los nacionalismos grandes y chicos, con Estado o sin él, llevan en su semilla el germen de esa endogamia excluyente. Uniformizar a los suyos y cerrarse al exterior es la consecuencia de esa tendencia morbosa y paralizante.

Unos de los defectos de las proclamaciones de los Derechos Humanos es la distinción entre derechos de todos y derechos de los ciudadanos. Los intocables son estos últimos. Los primeros están a merced de la razón de Estado y pueden limitarse o anularse en caso de necesidad. ¿No hemos aprendido la lección de que si los derechos que nos corresponden sólo por ser miembros de la Familia Humana se mutilan, están en peligro los que se dicen exclusivos de los ciudadanos?.

El ejemplo más claro está en esos países del Este, antaño satélites de la extinta Unión Soviética, que, integrados en la Unión Europea, se niegan a admitir la cuota de refugiados que les corresponden y blindan sus fronteras para impedirles el paso. ¿Alguien cree que es mera casualidad que tengan regímenes autoritarios y violen las libertades civiles de sus ciudadanos?. Su libertad de expresión está cercenada, los órganos judiciales sometidos al político, y el poder del ejecutivo superreforzado. ¿El populismo de Trump en USA con su fobia a los inmigrantes no incurre también en las mismas tendencias?.

¿Podemos dejar de señalar que esas tendencias endogámicas llevan además la deriva a hacer retroceder las conquistas políticas y sociales logradas a través de sus luchas por las mujeres?.

Hay dos aspectos más a subrayar. El triunfo global del neoliberalismo acarrea un incremento de las desigualdades sociales. De ahí, la ola creciente de hambrientos desesperados a los que se viola su derecho a no emigrar y se ven forzados a huir de la miseria. La acogida o no de los mismos va a depender del mercado de trabajo, controlado por los poderes económicos. Si a ello se une la disminución de puestos de trabajo, por las nuevas tecnologías, ¿es de extrañar que los populismos xenófobos capten partidarios entre los pobres de los países ricos?.

El segundo aspecto es la esquilmación de los recursos de la Tierra. La reducción de la biodiversidad, la contaminación de la atmósfera y el agua, la aceleración del cambio climático, la extinción creciente de muchas especies ¿no son la consecuencia, cada día más visible, de este capitalismo voraz y depredador?.

La respuesta a esta catástrofe, anunciada hace ya varias décadas, ¿no será un ecofeminismo mestizo?. Frente a la endogamia suicida, ¿no está ahí la esperanza?. Las y los seguidores de Jesús ¿no debemos estar ahí, junto a todas las personas lúcidas de buena voluntad?.