Quizá la patología universal más grave que padecemos los seres humanos hoy es la de la sordera. No sabemos si es debida exclusivamente al exceso de ruido o confluyen otras causas. Lo cierto es que no sé si oímos bien -muchos, no- pero lo que no sabemos es escuchar. Entre lo que oímos y lo que interpretamos se interpone el muro de nuestros prejuicios -deseos y temores-. Aprendí recientemente que el ideograma chino para designar al sabio es una oreja. O sea que el sabio es quien escucha de verdad. ¿No somos necios la mayoría?.

Una forma corriente de no escuchar es estar pensando nuestra respuesta antes de captar bien lo que nos dicen. No hace falta la rapidez en la contestación. Hay que comprender qué nos dicen, quiénes hablan, desde dónde y con qué propósito. Una buen consejo es repetir lo que hemos entendido y preguntar si es eso exactamente lo que querían decirnos. Ocurre, a menudo, que nos corrigen y matizan sus anteriores afirmaciones o negaciones.

Con un texto escrito, desde luego, no podemos actuar así. Pero lo que nunca hemos de hacer es sacar una frase aislada del contexto general de lo escrito, para sacarle punta y hacerle decir lo que estaba muy lejos de la intención del autor. Es otra forma de no-escucha, de desfigurar el pensamiento de quien lo escribió. Y nuestra respuesta sería una lanzada contra algo que no existe más que en nuestra imaginación.

Es cierto que los escritores o -como en mi caso meros escribidores- han de tener la humildad de reconocer que un escrito lanzado hacia fuera ya no los pertenece -o, al menos, no en exclusiva- y que el lector o lectores tienen el derecho de darles otra interpretación diferente a la que habían pensado los autores. Eso les -nos- obliga a reflexionar de nuevo sobre el mismo. Y, cara al futuro, a esforzarse por ser más claros en la exposición. Lo que sería ridículo es que intentasen acompañar a sus textos de unas claves interpretativas para orientación de sus posibles lectores. Algo parecido a lo que se ven obligados a hacer los malos legisladores actuales que se ven forzados a dictar normas jurídicas aclaratorias de otras anteriores confusas en su propia redacción o porque derogaban parcialmente otras anteriores contradictorias.

¿Cómo se aprende a escuchar?. Desde luego, cualquier edad es buena, si existe la intención y la conciencia de su necesidad. Lo ideal es que aprendiéramos desde la más tierna infancia. ¿Qué ejemplo damos los adultos a nuestros pequeños?. ¿Nos oyen gritar, insultar o descalificar a quienes opinan distinto que nosotros?. ¿O ven cómo nos esforzamos por comprender a nuestros interlocutores?. ¿Sabemos escuchar a los menores?. ¿Les damos la razón enseguida, accediendo a todas sus peticiones para que no nos molesten?. En los centros docentes ¿se les enseña el arte de la escucha, acostumbrándoles a hablar de uno en uno previa petición, a no interrumpir al que está en el uso de la palabra, en definitiva a dialogar?. Y cuando son mayorcitos, ¿les indicamos que defiendan en público posturas contrarias a las suyas para que comprendan mejor los argumentos adversos y así se vayan adiestrando en el ejercicio de la retórica?.

La escucha es necesaria para la existencia de un verdadero diálogo. No hemos de tratar de con-vencer de que, quien o quienes conversan con nosotros, admitan nuestra superioridad, se confiesen equivocados y agachen la cabeza, porque nosotros llevamos razón y ellos no. Ningún humano está en posesión de la verdad y menos de una manera absoluta. El diálogo, basado en la humilde escucha, nos lleva a reconocer la parte de verdad que han adquirido los que piensan distinto que nosotros. Y les permite a ellos averiguar a qué parte hemos accedido nosotros. Los discípulos de sabios que debemos ser todos los seres humanos auténticos ¿no somos sólo buscadores de la verdad que siempre está más allá de nuestras expectativas y de nuestras conquistas?.