Los seres humanos somos, a la vez, iguales y diferentes. Quizá la diferencia que más nos marca en nuestras relaciones sea el diverso grado de sensibilidad y a qué cosas. Para algunos esa diferencia viene marcada por el hecho de ser varón o mujer. Así suele decirse que los hombres son de Marte y las mujeres de Venus. Pero esa apreciación no deja de ser una generalización. La mayor parte de las féminas dan gran importancia a los pequeños detalles, a la subjetividad afectiva, mientras que la mayor parte de los varones los minusvalora, resaltando, en cambio, los hechos objetivos. Todos, creo yo, podríamos aducir ejemplos de personas que no responden a esos arquetipos de género.

La relación amorosa en su desarrollo se ve afectada por las diferencias de sensibilidades entre sus componentes. Pasada la euforia del enamoramiento inicial, la convivencia desvela la realidad de la otra persona, al desmoronarse la imagen ilusoria que se había forjado de ella.

El choque de sensibilidades dispares es casi inevitable. Cada parte suele quejarse de que la otra tiene la sensibilidad a flor de piel. ¿Por qué será tan sensible que da tanta importancia a nimiedades?. De ahí, como escuché, hace bien poco, a un amigo que no hay amor humano sin dolor.

¿Se puede superar sin caer, como él decía, en el sentimiento opuesto, en el odio?. Seguramente ayudará – si hay propósito firme de mantener la relación- el descubrir cuáles son los puntos de fricción: qué cosas causan dolor a la otra parte y cuáles a uno mismo. ¿Es difícil mantener un diálogo sincero y profundo respecto a estas cuestiones?. Del diálogo puede brotar la comprensión mutua, el avance en el recíproco conocimiento, el propósito de evitar los puntos de fricción y la ternura disculpatoria si, a pesar de ello, se vuelve a incurrir en esos fallos. Mas habrá que añadir tres factores para un diálogo eficaz: saber compartir -no sólo las tareas domésticas- también los sentimientos, sean alegres o tristes; resistir la intromisión de terceras personas -familiares o amistades- y mucho menos solicitarlas en las inevitables fricciones; y sentido del humor, saber reírse de uno mismo y con la pareja, nunca de ella, ni de terceras personas.

La cama no resuelve, si antes no se ha hablado de esos conflictos, los problemas de pareja. Otra cosa es que el diálogo lleve a un renacido fervor pasional.

Pero, y ahí discrepé de mi amigo, lo opuesto al amor no es el odio. Claro que del amor se puede pasar al odio como del odio al amor. Pero lo que realmente se contrapone al amor es la indiferencia: ¿no es la auténtica tumba de tantos amores humanos?.