Diario Vasco

11/05/2018

Tres charlas, una visita guiada y la recreación del sitio recordarán aquel episodio histórico

La próxima semana, de jueves a domingo, la localidad va a asistir a la que hasta el momento se presenta como la iniciativa más potente y amplia en el tiempo -cuatro días-, de las programadas con motivo de la conmemoración del 750 aniversario de la villa; el asedio que sufrió la localidad en 1835.

Para ir haciendo boca, el jueves, Nerea Iraola y David Cano (Gure Iragana Taldea), ofrecerán una charla bajo el título ‘El cañón de Maribaratza, símbolo histórico de Ordizia’. Historiadores que vuelven el domingo con charla y visita guiada.

El viernes, recoge el testigo Mikel Alberdi Sagardia, documentalista e historiador, responsable desde 1989 del departamento de investigación y documentación del Museo Zumalakarregi de Ormaiztegi, quien anuncia como tema de exposición ‘Memoria de un testigo del asalto a Villafranca en 1835, Charles Frederick Henningsen’.

Entre medio y durante todo el fin de semana, presencia en el municipio de las tropas que llevarán a cabo la recreación de aquel hecho histórico; en total 200 personas.

Habrá que ver qué dicen los historiadores pero ya de salida, en los días de su fundación como núcleo urbano, esa gruesa línea que representa la muralla separaba un mundo comparativamente más moderno que el que a extramuros acompañaba a los señores de la tierra. Se diría que generación tras generación y con el paso de los siglos ese sentir dejó un sólido poso.

Hablar en historia de días convulsos cabría apuntar que fueron todos menos uno. En esta época reciente que nos ocupa, el siglo XIX entre la ida y venida de las tropas napoleónicas y las carlistadas no hubo tiempo para aburrirse pero es que el siglo XX tiene a su vez tela.

Como reseñan los historiadores, 1835 es un año muy interesante en la vida de la vieja Ordizia. En el contexto de la primera guerra carlista, la villa se muestra como un auténtico bastión liberal. En la ‘Monografía histórica. Villafranca de Guipúzcoa’ escrita por Serapio Mujika y Carmelo Etxegaray, los autores dedican un amplio apartado a este episodio. Entre los antecedentes, Mujika y Etxegaray aluden a aquellos días de 1827 en los que el comandante Ascensio Lausagarreta se sublevó en Ulibarri (Alava) al frente de una partida de 80 hombres que «tras haberse apoderado de 22 fusiles y cuatro uniformes se habían dirigido a las faldas de Aranzazu a los gritos de ‘Viva el rey, la religión y la Inquisición’. La Diputación se dirigió a varios pueblos, entre ellos Villafranca, para que pusieran en armas a sus tercios para combinar las operaciones y dar caza a los rebeldes».

«Aquel conato de sublevación, apuntan, prontamente sofocado, era indicio y precursor de sucesos más graves que tuvieron lugar a la muerte de Fernando VII (29 de septiembre de 1833) momento en el que estalló la lucha armada, entre los partidarios de su hija doña Isabel, y de los del hermano del rey, Don Carlos. Desde un principio adquirió, aquella contienda proporciones extraordinarias acrecentadas por la fuerza moral que supo impartir a las huestes carlistas la singular pericia y el talento organizador de su jefe, don Tomás Zumalacarregui».

General que el 25 de mayo de 1835 se presentaba a las puertas de Ordizia, defendida por 600 fusiles, con una fuerza muchísimo más numerosa y una decena de piezas de artillería. Tras siete días de combates y asedio, el 1 de junio Zumalacarregui ordenó el asalto a la localidad, que fue repelido. El día 3, los ordiziarras constaron que los refuerzos que esperaban no iban a llegar por lo que pactaron los términos de su rendición. Veintiún días después de la toma de Villafranca y tras haber sido herido en Bilbao, Zumalacarregui moría en Zegama.

Asedio a la localidad, que con este motivo, ahora repasan, Nerea Iraola y David Cano, Mikel Alberdi, José María Tuduri, y Martín García.