Siempre la primavera ha sido una estación de cambios bruscos. Un día te hielas de frío y al siguiente te achicharras, como si hubiese llegado el verano. Pero ahora parece que los cambios son más bruscos. ¿Será cosa del cambio climático?. ¿O que nuestros cuerpos, ya no jóvenes, no reaccionan con la misma impasibilidad que antaño?.

Uno de los libros que acabo de leer se titula LAS METÁFORAS QUE NOS PIENSAN de Emmanuel Lizcano. Me ha trastocado muchas cosas -me ha des-centrado, decía a una buena amiga-. No soy yo quien piensa en el idioma que uso, es el lenguaje el que piensa en mí. Y las metáforas de la tribu a la que pertenecemos y aceptamos como verdades inconclusas, fijan como pre-supuestos las coordenadas de nuestro razonar. Descubrir sus orígenes es tremendamente revelador.

Una de las cosas que más me ha llamado la atención es el origen griego de los llamados cinco sentidos, fijados canónicamente. ¿Por qué el tacto no son tres, pues nos avisa de la temperatura, de la dureza y de la humedad?.

La jerarquización de los sentidos fue objeto de debate en otras épocas. Se fijaría definitivamente en los días de la Ilustración. En el siglo XVII, Thomas Tomkis narra los deseos del habla, Lingua, por hacerse un lugar dentro de los sentidos. El Sentido Común ordena que la cuestión se decida en un Tribunal de Justicia. Y se acaba dictaminando que la Lingua debe ser descartada, pues los sentidos no deben exceder de cinco… Con todo, se hace una significativa excepción: las mujeres sí pueden considerar a la Lingua como el último y femenino sentido”.

La jerarquización es ésta: Arriba la vista y siguen por este orden: el oído, el olfato, el gusto y el tacto. Y la vista es el sentido principal para todo el Occidente. De ahí la importancia de la luz que nos permite ver y delimitar con nitidez los límites entre las cosas. A eso llamamos conocer, al analizar y descomponer la materia. En otras culturas, no es la luz radiante del mediodía que nos deslumbra, sino la luz tenue de la penumbra la que nos acerca holísticamente a lo que nos rodea.

Resulta curioso cómo el descubrimiento de la imprenta en Europa y la posibilidad de liberarse de la copia manual de libros y códices, facilitó la difusión de su contenido a públicos diversos. En esto la Reforma jugó un papel decisivo. Con la traducción de la Biblia a los idiomas vernáculos para facilitar su lectura a los laicos, prohibida por la jerarquía católica, unida a importantes campañas de alfabetización, familias enteras accedieron al conocimiento religioso y profano. Los saberes tradicionales, transmitidos oralmente, se verían olvidados, al menos parcialmente, y emergió la cultura escrita. El principio de libre examen de la Escritura, sustentado por las reformadores, desde Lutero, ¿podemos decir que dió paso al pensamiento crítico, auténticamente autónomo?.

Lo cierto es que el paso del geocentrismo al helicocentrismo, se propugnó tanto por autores católicos como protestantes. Copérnico y Galileo, polaco áquel e italiano éste y ambos católicos, afirmaron como novedad que la tierra giraba alrededor del sol y sobre esto se comunicaron cordialmente con científicos protestantes de la misma tendencia.

Se ha preguntado si la aparición de lo que se conoce como Ciencia Moderna deriva directamente de la Reforma protestante. No puede afirmarse taxativamente que sí. Más bien sería una de sus concausas. Es difícil que un fenómeno histórico no sea complejo y derive de una sola raíz. Habremos de situar su aparición en ese cambio múltiple que se produjo en aquella época y que conocemos con el nombre de Renacimiento: la vuelta a la antigüedad grecolatina, la caída de Constantinopla en manos de los turcos, el descubrimiento de lo que lo se llamaría el Nuevo Mundo.

Tampoco dentro de la ciencia hay una ruptura total: Astrología y Alquimia son sus antecedentes inmediatos. Y aquellos que llamamos padres de la ciencia eran astrólogos y alquimistas. La diferencia con la astronomía y la química estriba en la intención más profunda que se perseguía. Los astrólogos con la observación de los astros pretendían deducir su influencia en la conducta humana. Y a los alquimistas en su búsqueda de la piedra filosofal, les obsesionaba provocar una auténtica transformación de su personalidad.

El científico moderno, fiel a su concepción visual, marca una alejamiento radical entre el investigador -lo menos es quien sea- y lo que observa y descubre. Su método es inductivo, se trata de encontrar la regularidad en los fenómenos de la naturaleza y de ahí las leyes por las que se rige que deben ser formuladas matemáticamente.

¿Es la ciencia moderna otra construcción social que inventa la realidad?. Desde la actual sociología de la ciencia se denuncia su pretendido rigor en el descubrimiento objetivo de una realidad exterior a su trabajo. Esa realidad es una consecuencia del trabajo científico más que su causa. Todas las culturas creen en la EVIDENTE EFICACIA de sus prácticas rituales y en la rotunda realidad de sus metáforas constitutivas. La ciencia viene a ser una forma de lenguaje que oculta y niega su mismo carácter lingüístico.

Aula, despacho, revistas científicas y laboratorio son los templos de esa nueva religión que es el sistema científico-tecnológico. Y sus sacerdotes, la casta científica que se atribuye el monopolio dogmático de ese saber excluyente. Toda religión delimita lo puro y lo impuro; la ciencia deslinda la verdad racional, universal y absoluta de lo irracional, parcial e irrelevante. Lo malo es que deja residuos, singularidades que se no encuadran en sus esquemas. ¿Qué hacer con ellos?. No pueden negarse por mucho tiempo y aunque sus prebostes se resistan, a la larga se ven forzados a admitir nuevas teorías que puedan seguir dando razón de esos hechos.

No se trata de negar los indudables avances que la ciencia de la tribu occidental ha traído a todos los habitantes del planeta. El concepto de Progreso indefinido, derivado de esa situación, marca el éxito social que ha tenido. ¿Pero no se intenta pasar una CIERTA perspectiva y una CIERTA construcción de la realidad -lo que favorece una relación de dominio- por la realidad misma?. ¿No se pretende borrar las huellas que permiten rastrear ese carácter construido de la realidad, de modo que tal pre-sentación llegue a percibirse como mera re-presentación de “las cosas tal y como son”?. ¿No debemos criticar la voluntad monolítica y exterminadora de esa religión particular que es la religión científica, ese otro fundamentalismo dogmático?