Ante las burdas e ignorantes provocaciones de algunos sectores del nacionalismo catalán -como el boicot en una universidad barcelonesa a un homenaje a Cervantes, por considerarlo fascista(!)-, el renacido, por retroalimentación, nacionalismo español recurre a sus viejos mitos.

Los intelectuales orgánicos de este nacionalismo centrípeto y centralizador aúnan sus esfuerzos para desmontar los ejes de la vieja leyenda negra, creada por los enemigos europeos del imperio español, en la época de su mayor apogeo. Al analizar cualquier leyenda, que es una narración mítica, hemos de ver la parte de verdad que contiene y cuál de mentira o de exageración. Sin esa parte de verdad, el resto carecería de credibilidad.

Por eso, un forma infantil e ineficaz de desmontar la leyenda negra antiespañola es negarla en bloque. Sólo reconociendo los excesos, barbaridades y crímenes cometidos por los conquistadores hispanos, podemos empezar a criticarla en profundidad.

Suelen emplearse dos argumentos para intentar justificar cualquier atrocidad del pasado. El primero es que no se puede juzgar el ayer con la mentalidad de hoy. A esto puede responderse con la pregunta de qué pensarían las víctimas directas de aquellos atropellos. El segundo argumento facilón es decir que los rivales cometían los mismos crímenes y, a lo peor, mucho más graves.

Pero hay otro aspecto que irrita mucho más a los que pretenden desmontar la leyenda negra. Responde al dicho de que quien habla mal de Inglaterra es francés, de Francia inglés y de España… español. O aquel otro de que quien no puede ser otra cosa, es español. El hecho cierto es que gran parte de la opinión pública española de siglos pasados y de la actualidad se cree el contenido de la leyenda negra. Y esto, muchísimo más, en los acérrimos nacionalistas centrífugos.

Los que gustaban y gustan hablar de la España y la Antiespaña, de los buenos y malos patriotas, los que siguen aplaudiendo la expulsión de judíos y moriscos, con la distinción radical entre cristianos viejos y conversos, sólo superada tras las Cortes de Cádiz en 1812, mantienen esa dicotomía favorecedora de la pervivencia de la leyenda negra entre nosotros. En tiempo más recientes, los de la guerra incivil, la dualidad entre azules y rojos, o entre fachas y progres, viva aún en el argot político, mantiene aquella tensión entre las dos Españas de la que decía Antonio Machado, “españolito que vienes al mundo, una de las dos Españas ha de helarte el corazón”.

Junto a esta defensa numantina contra lo que consideran la falaz leyenda negra, están apareciendo también publicaciones exaltando las bondades de la civilización hispánica y en general de la católica frente a las perversidades de la protestante. O sea un esfuerzo denodado por construir leyendas blancas, añorantes del nacionalcatolicismo y apuntaladores de este renacido nacionalismo español.

Recuerdan aquello de la !gesta Dei per hispanos! -gestas de Dios por los hispanos- y pretenden convencernos de nuestra superioridad ética y cálida frente la fría e inhumana postura de los países protestantes en la historia. Esa postura les lleva a ser mucho más papistas que el mismo Papa. Y a olvidar lo mucho que debemos a la impronta árabe a la hora de conquistar nuevos mundos.

Celebran la humanidad de las Leyes de Indias para obligar a tratar bien a los nuevos vasallos de la Corona, los indígenas de América. Pero ocultan el grado de cumplimiento de las mismas, por la codicia de los encomenderos, amparados muchas veces por los virreyes. Y el escándalo criminal de los barcos negreros, transportando esclavos africanos para trabajar en las minas del nuevo Continente.

¿Acaso los tercios españoles en las luchas en Europa se portaban como angelitos en el trato a las poblaciones civiles?.

Y si vamos a la actualidad, ¿quiénes acogen más y mejor a los refugiados y emigrantes del tercer mundo?. ¿Los países protestantes o las católicas Polonia, Hungría, Italia?.

El viejo refrán ya decía: en todas partes cuecen habas y en la nuestra a calderadas. No somos ni mejores ni peores que los demás. A veces nos hemos portado bien y otras mal. Un poco diferentes, pero no tanto. Ni para presumir, ni para achicarnos. Humanos todos, ¿no somos capaces de los mejor y lo peor?.