Luis Gismero Hinojal

No seré quién pretenda corregir a una persona, como Pedro José Zabala, que ejercita sin descanso el músculo de la tolerancia, y siempre de forma correcta, cuando la mayoría, algunos olvidamos y otros desconocen siquiera que existe.

En el escrito sobre Integrismo o Carlismo, donde nos marca, las diferencias, encuentro un error de apreciación que me gustaría comentar invitado por su reflexión final:

No ignoro que habrá algunas personas que en unas materias se identifiquen en una postura y en otras con la alternativa.

Lejos de mí el juzgar la intención de las personas. Presupongo su buena voluntad al defender lo que creen válido y lo respeto.

Aceptaré las críticas que se me hagan. Si sus razonamientos me convencen, corregiré mis apreciaciones erróneas.

El asunto en conflicto puntual es más que crítica, ampliar y poner en juicio unas consideraciones.

A ningún carlista le es ajeno saber que nuestra enseña desde 1935 la cruz de San Andrés, es la bandera de las Viejas Españas, desde 1506.

Las circunstancias y los usos son los que corresponden a cada época al igual que una lengua que se transforma o las vestimentas, las banderas y emblemas no son inmutables.

Ejemplos de mutabilidad en el transcurso de los años es el caso de la bandera ligada a la Corona de Aragón, como ha pasado a ser del Estado Catalán. O como una bandera de un partido que en relativamente pocos años creada por los Arana, ellos solo querían que representara a Vizkaya, haya llegado a ser bandera oficial de Euskal Herria, nombre carlista o del neologismo Euzkadi.

Erróneamente hay quien piensa que la bandera roja y gualda no es carlista, porque fue una bandera que desde 1845 representaba al ejército centralista.

Si esto fuera así haría valer un análisis que empeora la situación de otra de nuestras banderas. La de San Andrés o Borgoña.

Aunque algunas unidades carlistas llegaron a utilizar enseñas con el aspa en la Primera Guerra Carlista de 1833, lo cierto es que mayormente era un distintivo de las enseñas gubernamentales de infantería, artillería e ingenieros, y durante la Tercera Guerra Carlista de 1872, la bandera bicolor en los dos bandos, el sotuer borgoñón la siguieron usándolo las fuerzas gubernamentales, normalmente en la franja amarilla de las rojigualdas.

Cuando los actuales colores de nuestra bandera roja y gualda las portaban los ejércitos Carlistas, desde Carlos VII, nunca las aspas de San Andrés aparecían sobre ellas ni mucho menos en fondo blanco (aunque Dalmau se empeñe en pintar banderas con las atemporales aspas en casi todos sus maravillosos cuadros sobre carlismo).

Algunas unidades gubernamentales mantuvieron sus banderas del modelo anterior a la unificación de 1843, la artillería y el regimiento “Inmemorial del Rey”, (que en época de la I República, 1873-1874, se quedó en “Inmemorial” a secas). O como en las banderas de los regimientos: Bandera Coronela con el estandarte real que porta el primer batallón, y Bandera de Ordenanza o Batallona con la cruz de Borgoña, que portan el segundo y tercer batallón. Si el Regimiento se refunde en un único batallón, se superponen ambas en una única bandera. Se acompañan de cuatro coronas con cuatro escudetes de la ciudad de origen de la unidad. (ordenanzas desde 1762).

Es decir, si hubo una enseña contraria a los ejércitos carlistas, en medida temporal, esta fue la cruz de Borgoña y no la bicolor. Se puede afirmar que desde 1833 hasta el año 1925 la cruz de San Andrés se posicionó casi cien años frente a las enseñas y banderas carlistas habitualmente estandartes locales y religiosos como la Generalísima (1835), mientras que los gubernamentales con la roja y gualda tan solo permanecieron 39 años, pero aquí frente a la bicolor también carlista de 1833 a 1872, año en la que Carlos VII ordenó su uso en todas sus fuerzas, como la de Somorrostro, Virgen de la Inmaculada sobre la bicolor.

Desde Carlos III, Real Decreto de 28 de mayo de 1785, la consecuencia de asignar poco después la bandera naval de guerra a los castillos de la costa e instalaciones de la Armada empezó el proceso de identificar un ámbito territorial, de momento, las fronteras marítimas.

Antes de fin del siglo XVIII se vio la bandera rojo-amarillo-rojo en los campamentos del Ejército en la guerra contra la Convención francesa y a principios del XIX, o antes, se izaba también en fortificaciones fronterizas. Con ello, el proceso se completó: en las costas y en las fronteras terrestres se izaba una misma bandera rojo-amarillo-rojo que decía ya de modo general e interpretado adecuadamente por todos, españoles y extranjeros, “aquí empieza el territorio de España”.

La sacudida causada en los españoles por la invasión francesa de 1808 y la entendida como equívoca actuación del rey y las más altas autoridades, provocó la aparición de nuevos sentimientos populares. Un caso significativo de los que se buscaba excitar para facilitar el alistamiento nos lo proporciona la bandera “de recluta” del Batallón de Voluntarios de Fernando VII de Valencia –rojo, amarillo, rojo.

Don Carlos VII asumió la bicolor por la que lucharon miles de españoles y murieron tantos carlistas bajo sus colores viendo en ella una representación más de sus ideales, solo por esto, por haber sido así merece todo nuestro respeto, lealtad y amor ya que ellos junto a los carlistas del 36, la hicieron también nuestra.

Continuaron con ella Don Jaime, Don Alfonso Carlos, Don Javier y en época mas reciente la bandera de España, de las Españas para los carlistas, y sobre ella una boina roja, cubrieron los restos del hijo de Don Javier, Carlos Hugo tanto en al Tanatorio de Sant Gervasi en Barcelona como en la Basílica di Santa Maria della Steccata de Parma donde está enterrado.

Por descontado la bandera de San Andrés con una corona real, continúa inhiesta allí presente.

Es por tanto, la roja y gualda, una de nuestras banderas, como lo es la de la Vieja España, la de San Andrés, rescatada por el requeté en abril de 1935, dos viejas banderas de las Españas.