Un proverbio árabe decía: “siéntate a la puerta de tu tienda y verás pasar el cadáver de tu enemigo”. ¿Y si tú te mueres antes?.

¿Se puede pasar la vida sin tener algún enemigo?. Si te lo propones, sí. Podría ocurrir que alguien se considere enemigo tuyo, pero ese será su problema, si no lo aceptas como tal.

¿Por qué surgen las enemistades?. Las luchas por el poder o el dinero son ocasiones propicias. ¿No es inevitable que haya muchas, cuando el sistema dominante está montado sobre esas competiciones?. Si conseguimos otro sistema en el que la cooperación sea la regla, ¿no sería la convivencia completamente distinta?.

Tener tirria alguien o que nos caiga mal es uno o varios peldaños inferiores éticamente a la enemistad que conlleva un sentimiento de odio. Claro que son escalones descendentes, por lo que hay que tener cuidado para no empezar a recorrerlos, no sea que te caigas y aceleres la caída.

Más difícil será que alguna persona a la que has entregado la confianza de tu amistad, no te resulte falsa. ¿Es extraño que eso te duela, con más intensidad cuanta mayor haya sido la confianza y las intimidades que hayas compartido?.

Un grado peor es la traición de quien considerabas tu amigo. ¿No es de los peores dolores que te puedes encontrar en la vida?.

También ocurre que, a veces, te encuentras al cabo de los años con un antiguo amigo. Los dos habéis evolucionado y encuentras que ahora tenéis escasas cosas en común. Cuando la disparidad es muy grande, surge la pregunta, ¿qué ví en esa persona para llegar a congeniar tanto?.

La respuesta a esos desencuentros, desilusionantes o dañinos, puede oscilar entre dos extremos. O cerrar el corazón y negarse a nuevas aperturas o mantener abierta la capacidad de confiar, aunque sepamos que podemos volver a equivocarnos.

Claro que no podremos evitar estar ya un tanto escamados y tener los ojos abiertos para no caer en ingenuidades apresuradas. Pero, si conservamos el espíritu joven y no nos plegamos a senilidades amargas, mantendremos viva la esperanza cordial.

Eso exige magnanimidad de corazón. Ser capaz de perdonar, no guardar rencor, no desear mal alguno e incluso llegar al extremo, si nos necesita quien nos desilusionó o hirió, de hacerle el bien que le pueda ayudar.

Hay quien piensa, con cierta dosis de fatalismo, que todo lo que nos ocurre es fruto del destino y que no tenemos que perder el tiempo en preguntarnos el por qué. No estoy de acuerdo del todo. Sé que existe el azar, la naturaleza y la conducta de los seres humanos que inciden en los acontecimientos.

Pero también está nuestra propia responsabilidad. ¿No recogemos, a menudo, el fruto de lo que hemos sembrado anteriormente?. Por eso, indagar el por qué, es saludable para no repetir -si podemos- los mismos errores.

Mas no basta con esto. Hemos de aceptar lo ocurrido sin perdernos en lamentaciones inútiles. El reto es: ¿qué hago a partir de ahí, sea bueno o malo?. Por muy malo que nos parezca, no faltarán consecuencias salutíferas, si sabemos aprovecharlas.

El presente, heredero de las posibilidades heredadas de nuestro ayer, es un página -no en blanco, claro- pero sí a la espera de nuestras decisiones con las que labramos nuestro futuro.

Los frutos de esas decisiones nunca los conocemos de antemano. Porque no dependen únicamente de la impronta que pongamos en ellos. Dependen, además, de factores ajenos a nuestra voluntad.

Ocurre que nuestro destino es ser sembradores. Recogemos la cosecha que otros sembraron. Y casi todo de lo que sembramos servirá para quienes vengan detrás de nosotros.

El egoísmo de pensar sólo para mí o para los nuestros, típico del pensamiento único dominante, es antinatural. El árbol que plantemos dará sombra a futuros seres.

Cuidar, abonar, proteger, integrar, son acciones propias de quienes se consideran custodios de la Casa Común. En cambio, los depredadores arruinan, destruyen, dinamitan la convivencia, conducen al suicidio de nuestra especie y de la mayoría de las que comparten nuestro planeta.

¿Puede haber libertad sin responsabilidad?. ¿Por qué creer en un destino ciego que nos impulsa?. ¿Impuesto por quién?.