Resultan curiosos los ataques furibundos que desde posiciones machistas se están dando contra las crecientes corrientes feministas. Para empezar las denominan con el neologismo hembrismo. En el contexto de sus escritos se advierte claramente el tono despectivo y peyorativo con que lo lanzan, cual venablo ofensivo.

Como se consideran celosos guardianes de la ortodoxia lingüística, atacan sañudamente la pretensión de emplear un lenguaje inclusivo, superando el plural masculino abarcador de ambos géneros, típico de los idiomas indoarios.

Se niegan a admitir que cuando decimos los hombres, parece y -así lo registra nuestro inconsciente- que nos referimos exclusivamente a los varones. Las feministas se quejan, pues creen -con bastante razón- que es una forma de invisibilizar a las féminas que, por lo menos, son la mitad de la especie humana.

Es revelador que el uso del masculino plural sea propio de los idiomas indoarios. Pueblos patriarcales con dioses masculinos a la cabeza, por lo que los varones son casi dioses y las mujeres sus siervas.

Cierto que el lenguaje se complica, al pretender huir de ese androcentrismo. Nos vemos obligados a usar “personas” o el genérico “seres humanos” que no tienen esas connotaciones ligadas exclusivamente a lo masculino. O bien reiterar, lo de mujeres y hombres, nosotros y nosotras que repetidos en un mismo escrito resultan pesados.

A eso se agarran los debeladores -sesudos varones- de lo que denominan hembrismo. Prefieren atacar las posturas femeninas desde ese flanco. Porque sería demasiado descarado defender los privilegios que hemos gozado y seguimos disfrutando los varones: superioridad social; doble moral; diferencia salarial por el mismo trabajo; techo de cristal para acceder a puestos de dirección; abandono de la crianza de los hijos, cuidado de los ancianos y tareas domésticas en manos femeninas.

¿Pueden tener tener credibilidad esos puristas del idioma mientras, a la vez, no renuncien y condenen esos privilegios machistas?. ¿Los vemos bajar a la arena y unirse a las justas reivindicaciones de las féminas?. ¿No se irritan ante ellas y las desprecian, considerándolas locas, como aquellos respetables varones victorianos que se mofaban de las valientes luchas sufragistas por el derecho al voto de la mujer?. ¿Cuántas féminas ocupan asientos en la Academia de la Lengua?. ¿Quiénes tienen interés en seguir invisibilizando a las mujeres que descuellan en literatura, pintura, música, demás artes y en el terreno científico?. ¿Por qué el acceso de la mujer a puestos relevantes, en el mundo de la información, empresarial y político está sembrado de obstáculos?. ¿Es casualidad que sean mujeres las lideres que acaudillen en comunidades indígenas, con riesgo de sus vidas, la defensa de sus tierras y sus formas de vida frente a las poderosas compañías multinacionales?.

¿Y qué decir de las Iglesias, sobre todo de la católica, el reducto más cerrado de monopolio machista de los puestos de decisión?.