Ser dueño de las palabras y de los silencios es un derecho que hay que conquistar, ejerciéndolo. Tenemos la facultad de poder pronunciar palabras y frases que construimos con aquellas. Tenemos que aprender a pensar lo que queremos decir y luego a decirlo, en el momento y tono adecuados. ¿Lo hacemos siempre?.

Cuando uno tiene la costumbre de escribir, ha de aceptar lo que quieran comentar de las paridas que suelta. Tanto si aplauden, como si critican. La verdad es que, como soy un aprendiz buscador, leo con más fruición cuando me rebaten razonadamente que cuando me elogian.

Lo que no logro entender es que, después de aplaudir mi forma de escribir, haya quien se sienta extrañado y exprese su desagrado por reproducir textos de algún autor, cuyas ideas -creo yo- son interesantes. ¿No voy a poder lanzar lo que juzgo estimulante para vivir mejor?.

Defiendo mi derecho a callar. Si me sacan un tema, por ejemplo el fútbol, que no me gusta y del que me confieso totalmente ignorante, me encierra en un mutismo. O todo lo más, lanzo alguna broma, intentando desviar la conversación. Y si es una conversación entre varias personas, básicamente varones, de la que no me puedo evadir, mi silencio es total. En todo caso, observo divertido el acaloramiento de los intervinientes cuando haylos de equipos rivales. Todo lo más, intervengo para defender a los clubs modestos frente a los grandes.

Creo que el fútbol es hoy una religión mercantil. Con sus dioses, sus oráculos -periódicos y cronistas deportivos- y pléyades de seguidores fanatizados. Me parecen inmorales esos fichajes y traspasos muchimillonarios. Y los fraudes fiscales que cometen las grandes estrellas del balón y de otros deportes, escasamente perseguidos por el fisco y sancionados.

El colmo es cuando la violencia se adueña de los estadios a cargo de ultras, subvencionados por los clubs. ¿Y qué decir cuando se da en partidos infantiles, con intervención de los propios padres?.

Cuando el tema de la conversación es la política, de la cual creo entender un poco, me veo obligado a callar cuando la exposición serena de las opiniones -mediatizadas por la ideología de quienes las exponen- se ve sustituída por el acaloramiento y el insulto. Aquí me aprovecho de mi sordera y procuro no oír y menos hablar. Dos temas suelen actualmente suscitar el pseudo-debate: la cuestión catalana y los emigrantes. Los nacionalismos, central y periféricos, y la aporofobia -odio al pobre- nublan la razón y la objetividad.

Mi experiencia me dice que cuantos menos conocimientos históricos, sociales, lingüísticos, económicos…se tengan, más se grita y se exigen medidas contundentes e inmediatas.

Luego están lo políticos que emplean la demagogia y los argumentos simplones y emocionales para caldear a los suyos. El odio y el miedo, esas poderosas herramientas para que le gente tenga ganas de embestir con la cabeza y no emplearla para pensar.

La religión puede ser otro tema en el que fanáticos a favor o en contra se enganchen con virulencia. Unos y otros suelen demostrar su escaso nivel de conocimientos en la materia. ¿No tendrá la culpa de esa ignorancia la formación religiosa recibida en la infancia?. ¿Y no hay todavía clérigos, viejos y jóvenes, que la mantienen hoy con sus prédicas?. ¿No hay que recordar ese derecho Fundamental que es la Libertad de Conciencia, de la que forma parte sustancial el derecho a tener o no una fe religiosa y cambiarla y a no ser obligado a manifestar sus creencias personales?.

¿Es de extrañar que reclame y ejerza mi derecho a hablar y a callar?. Hablo, si mis interlocutores están dispuestos a dialogar razonablemente, aunque sus posturas no coincidan con las mías, pues deseo aprender. Pero si los veo cerrados agresivamente, ¿no tengo derecho a encerrarme en el silencio?.