Siempre ha habido apátridas, gente desarraigada, sin vínculos que los aten a un lugar concreto. Su situación es penosa cuando están o pasan por una tierra donde sus moradores habituales la consideran su patria. Normalmente son considerados o criminales o al menos sospechosos.

En los últimos tiempos ha aumentado considerablemente el número de los apátridas. Personas que carecen de una nacionalidad jurídica y se encuentran en un limbo legal. No es el caso de los simplemente sin papeles – aunque, desde luego no los tengan- y a los que numerosos Estados los expulsan abruptamente a sus países de origen. Pero a un apátrida ¿a dónde se le puede echar?.

Unos de los mandatos de la religión bíblica, reclamado una y otra vez, por los profetas, es atender, tanto a la viuda y al huérfano, como al extranjero. Tradición mantenida en los pueblos nómadas que consideran al forastero casi como un enviado de Dios.

Normalmente las personas se consideran del lugar donde han nacido. Claro que existe el dicho que “uno no es de donde nace, sino de donde pace”. O aquel otro: “¿de dónde eres?, del pueblo de mi mujer”.

Sigo pensando que quien tiene una sola patria, una sola ley, un solo libro, es un fanático. Aunque no tenga directamente la culpa de que su cerebro haya sido lavado en ese sentido y jamás tenga la más mínima duda sobre esa creencia sectaria.

He reconocido muchas veces que no tengo una sola patria., sino varias. Para empezar dos pueblos: mi Logroño natal y Munilla, la villa serrana donde pasé mi primera infancia y los veraneos de mi adolescencia y primera juventud.

En un escalón más amplio, La Rioja, esa Tierra abierta y mestiza, que desborda los límites administrativos que una aciaga división provincial le impuso.

Cursé cuarto de bachiller en el castillo de Javier, presenciando la tradicional javierada y viendo a los almadieros bajar por el río Aragón. En mi juventud ascendí enfervorecido al Montejurra en la concentración anual. Y no puedo ocultar que mi corazón se siente también navarro.

A los dieciséis años estuve un año en el noviciado jesuítico de Loyola, la casa solariega de san Ignacio, En los ratos y días de asueto ascendí a sus montes y recorrí sus ermitas. Con lo que me enamoré de la hermosa Guipúzcoa. Ya conocía, por veraneos infantiles en Deva, su litoral y el bramido del Cantábrico en los días de galerna.

Viví varios años en Zaragoza, donde empecé a trabajar en varios organismos del ministerio de Obras Públicas. Allí nacieron mis dos hijos. Y no puedo menos de reconocerme en parte como aragonés.

Algún año de mi vida lo pasé en Madrid. Amistades, teatros, cines, modestas pensiones, son los recuerdos que conservo. Y de mis estudios en la entonces escuela de Administración Pública en la vieja Universidad de Alcalá de Henares.

De mis veraneos posteriores en la Costa Brava catalana, en el litoral valenciano, en Cantabria o en Asturias, evoco días de playa con los hijos, su naturaleza hermosa y la hospitalidad de sus gentes.

He conocido, pues allí trabaja mi hija, Canarias. He admirado tanto sus paisajes variados, como la bonhomía de sus gentes. Amigos entrañables conservo de mis estancias en aquellas islas, tan lejanas como afortunadas.

Por eso, las Españas son otra patria de la que que me siento partícipe. Y deploro tanto los unitarismos separadores como los nacionalismos centrífugos.

Me considero de otra patria: la europea. En su rama latina que, conjuntamente con la germánica y la eslava, conforman esa hermosa patria, cuna del reconocimiento de los Derechos Humanos. Pero me resulta extraña la llamada Unión Europea, la de los mercaderes sin entrañas.

Y mi fraternidad se extiende a los pueblos hermanos de Iberoamérica, víctimas de la corrupción y del imperialismo de su poderoso vecino del norte.

Y para culminar ese escalón ascendente de patrias escalonadas, tengo una gran MATRIA, que abarca a todo el planeta y a toda la familia humana, tanto a las generaciones pasadas y las presentes como a las venideras.

Tengo la patria del idioma que hablo y con el que pienso. Y la de los seguidores de Jesús, cuya hermandad de comensalía abierta da sentido a mi vida.

Si tengo tantas múltiples patrias, ¿cuáles son mis apatrias?. Porque desde luego, si miro a mi alrededor, me encuentro que soy apátrida de muchas comunidades en las que participan fervorosamente muchas personas. Para empezar las patrias de los nacionalismos, menos chicos o chicos del todo, me son ajenas. Me son extrañas las patrias ideológicas, deportivas o religiosas de los fanáticos de todo signo.

Más aún, si ahondo existencialmente en mi interior. ¿Hasta qué punto soy apátrida -al menos parcialmente- de mí mismo?.