En relación a la Historia del Carlismo, determinados círculos de la derecha española vienen alimentando cada vez con mayor fuerza una cierta «reacción» historiográfica, que se caracteriza por una voluntad obsesiva de negar y enterrar «el carlismo popular, con su fondo socialista y federal y hasta anárquico» del que ya hablaba Miguel de Unamuno en 1898. Así en lo referente a la trayectoria del Carlismo durante el tardofranquismo, se ha propagado desde ese ámbito una tesis que ante un público profano en la materia podría aparentar cierta veracidad, pero que sin embargo no resiste un contraste mínimamente profundo con los hechos históricos.

Alegremente se sostiene que el proceso de renovación que experimentó el partido legitimista desde el tradicionalismo corporativo hasta el socialismo autogestionario fue producto de la iniciativa personal de Don Carlos Hugo y de su círculo más inmediato, que se desarrollaría después de la expulsión definitiva de la Familia Borbón Parma en 1968, y que fue motivado por la designación de Don Juan Carlos como sucesor de Franco a título de Rey.

Sin embargo un investigador nada sospechoso de simpatías hacia esa evolución como es el neointegrista Manuel de Santa Cruz, en su obra Apuntes y Documentos para la Historia del Tradicionalismo Español (1939-1966) (tomo 18 (II): 1956, p. 343), sitúa lo que denomina como «la aparición del progresismo en el Carlismo» en el año 1956, con motivo de un Manifiesto de la Juventud Carlista de Navarra. En dicho documento ya se manifestaba explícitamente una voluntad de diálogo con los «extremismos de izquierda».

En 1956 Don Carlos Hugo aún no había iniciado su andadura política. Habría que esperar al Montejurra de 1957. Sin embargo algo se estaba moviendo ya entre la militancia carlista, enmarcada en una sociedad en profunda transformación económica y cultural. El mundo rural tradicional, que había nutrido al Carlismo, se despoblaba en beneficio de unas ciudades industriales que crecían a un ritmo vertiginoso. Este éxodo masivo del campo a la urbe ubicaría a muchos carlistas en un contexto en el que se multiplicaban las desigualdades y los conflictos sociales.

Las nuevas generaciones de jóvenes carlistas, insertadas en centros universitarios y en fábricas fordistas, inevitablemente encontraron una problemática muy diferente a la de sus antecesores, para la cual necesitaban soluciones nuevas. Por eso desde la Agrupación de Estudiantes Tradicionalistas (AET) y el Movimiento Obrero Tradicionalista (MOT) buscarían una nueva síntesis entre Tradición y Modernidad, mientras participaban de los movimientos antifranquistas de base (luchas estudiantiles contra el SEU, las primeras Comisiones Obreras, etc.).

Evidentemente esta dinámica no se puede entender sin el liderazgo de la Familia Borbón Parma, que como autoridad arbitral del Carlismo supo recoger y articular los planteamientos de sus bases populares. De la misma manera que tampoco puede ser comprendida sin el impacto que causó el Concilio Vaticano II (1962-1965), al consolidar las tendencias renovadoras de la juventud carlista.

Poco o nada tiene que ver la realidad histórica con algunas narraciones que pretenden convertir en imposición burocrática de pocos años lo que fue un proceso democrático de abajo a arriba, aunque no exento de tensiones y contradicciones, durante casi dos décadas.

En 1956, en la Universidad de Madrid, se produjeron unos importantes enfrentamientos entre estudiantes democráticos y falangistas del SEU, en los cuales participaron muy activamente los militantes de la AET. Estos disturbios van significar el «bautismo de fuego» de una generación de carlistas que se definirá rápidamente por la radicalidad de sus reivindicaciones sociales, pero también por un significativo distanciamiento del integrismo religioso predominante en la cúpula directiva de la entonces denominada como Comunión Tradicionalista. Por ejemplo en una hoja de la AET de ese mismo año, titulada Vivimos descontentos, se afirma abiertamente que «las estructuras sociales burguesas y el sistema capitalista no deben seguir vigentes». Esta tendencia de crítica anticapitalista se expresaría en las revistas La Encina  (1957-1958) y Azada y Asta (1957-1963). Poco a poco se comenzará a hablar de «Revolución Social» e incluso de «Monarquía Socialista», aunque ambos términos no serían institucionalizados en el partido legitimista hasta los Congresos del Pueblo Carlista (1970-1972). El primer término será empleado por primera vez en el subtítulo de un Manifiesto de las Juventudes Tradicionalistas de Cantabria en 1959, y el segundo como el título de un polémico artículo publicado en el número 14 de la revista Azada y Asta en 1961. Esta efervescencia juvenil, aunque era cuestionada, se reforzaría por la recepción del personalismo humanista teorizado por Emmanuel Mounier y otros pensadores del catolicismo progresista francés.

En 1960 van empezar su recorrido dos revistas que si bien tendrán inicios humildes y discretos acabarán irguiéndose como portavoces oficiosos de un Carlismo en renovación, Montejurra en Pamplona y Esfuerzo Común en Zaragoza, por lo que sufrirían el acoso represivo del Régimen: secuestros, multas, etc. Frente a las maniobras gubernamentales para promover la figura de Don Juan Carlos como futuro sucesor de Franco, se lanzaría la consigna de «¡Sagunto, nunca; Caspe, quizás!», reclamando que la futura Monarquía fuese producto de una decisión colectiva de la sociedad española en referencia idealiza al «Compromiso» aragonés de 1412 y no de la voluntad personal de un general como en el pronunciamiento de Martínez Campos reinstaurando la dinastía liberal en 1874.

En 1962 la inauguración del Concilio Vaticano II va suponer un debate sobre libertad religiosa en el mundo católico. Esta controversia va ser crucial para el Carlismo implicando una clara línea de fractura entre un progresismo renovador, aperturista hacia la Modernidad, y un integrismo conservador, refractario a todo cambio.

En 1964 la Delegación Nacional de la AET publica un Esquema Doctrinal, centrado en el desarrollo del programa carlista, que representará una primera adaptación al pluralismo religioso pero también ideológico que caracteriza la sociedad moderna. Así la doctrina tradicionalista sobre los cuerpos intermedios, hasta entonces únicamente territoriales y profesionales, sería ampliada para poder  integrar a los partidos políticos.

En 1966 se produce el espaldarazo oficial del progresismo aperturista dentro de la Comunión Tradicionalista. En octubre Don Javier dirigirá un Llamamiento al pueblo carlista y a todos los españoles, en el cual asumió el magisterio del Concilio Vaticano II, que en su declaración Dignitatis humanae había definido la libertad religiosa como consustancial a la dignidad de la persona humana. También planteaba el reconocimiento de los partidos políticos como representantes de la sociedad, junto con las entidades territoriales y las asociaciones profesionales, dentro de unas Cortes de carácter tricameral.

En 1968 Auxilio Goñi, procurador en Cortes por el Tercio Familiar en representación de Navarra, intervino en Montejurra denunciando severamente la ausencia de representatividad social del sistema político franquista así como su incapacidad para evolucionar. Ironizaría especialmente sobre el hecho de que el Régimen en la Ley de Principios del Movimiento Nacional (1958) hubiera recogido abstractamente la definición tradicionalista de «Monarquía tradicional, católica, social y representativa» pero diez años después aún no existiese ninguna voluntad de articular unas estructuras institucionales o leyes de Libertad Sindical y Regional: «Porque ¡Madre España! es Ley fundamental que tú eres una monarquía tradicional, social y representativa. ¿Y me quieres decir cómo puedes ser tradicional sin la Ley Regional? ¿Cómo puedes ser social sin una Ley Sindical como la que luego voy a decirte? ¿Cómo puedes ser representativa eludiendo dar su puesto a este pueblo aquí presente?». Por reproducir su discurso los dos diarios de Pamplona sufrieron secuestro gubernamental. Varios meses más tarde se produciría la expulsión definitiva de la Familia Borbón Parma del territorio español por decisión del Gobierno. Por entonces el eje central del discurso carlista ya era la reivindicación de las «tres grandes libertades concretas» de carácter «regional, sindical y político».

El 1970 fue celebrado el I Congreso del Pueblo Carlista en Arbonne (Iparralde), con la participación de unos 387 compromisarios. La Declaración leída por Don Javier con motivo de la apertura de esta asamblea, proclamando la necesidad y la legitimidad de una «Revolución Social» de inspiración cristiana más allá del capitalismo liberal y del comunismo soviético, posiblemente pueda ser considerada como el texto doctrinal más importante de la Historia del Carlismo desde el Acta de Loredán de 1897 con Carlos VII. La Comunión Tradicionalista recuperaría su denominación original de Partido Carlista varios meses más tarde.

En 1972, con motivo de los actos de Montejurra, el Partido Carlista empieza a usar oficialmente la fórmula de «Monarquía Socialista» como actualización del histórico «Pacto Dinastía-Pueblo». Poco después el III Congreso del Pueblo Carlista, al que asistieron unos 140 delegados con mandato imperativo de unas 284 asambleas de base, aprobaría una Línea ideológico-política en la que el Partido Carlista se definió como un «partido de clase y de masas».

En 1974 Don Carlos Hugo, en su Mensaje al pueblo carlista congregado en la cumbre de Montejurra, expone una sistematización completa del Socialismo de Autogestión Global como proyecto del Partido Carlista sobre la base de una triple democracia territorial, económica y política.