Fragmento de la portada de la revista “Doblón” (15 de mayo de 1976), donde se puede ver a Germán Barandalla acompañando a la princesa Irene con motivo de Montejurra 76.

“Paz y Evangelio” son los valores que han regido la vida de Germán Barandalla. Sus múltiples militancias en Gesto por la Paz, en los centros parroquiales o en las actividades ecuménicas, constituyeron los ejes de su vida, junto con el amor a su familia. Germán desactivaba los problemas. En una ocasión, en una actividad de Gesto por la Paz interfirieron unos jóvenes alterados. Germán les comentó ciertas cuestiones en euskera. En ese momento el enfrentamiento se diluyó. Germán era conocido por su presencia en la plaza consistorial, con la boina y la pancarta. Su ilusión, según subrayaba el periodista del Diario de Navarra, era que su querido pueblo vasco abandonase la violencia. En el aspecto espiritual era muy valorado por el reverendo Luis Nasarre, de la Iglesia Baptista, debido a los encuentros que las parroquias católica y baptista sostenían.

En cuanto a sus principios, era un navarrista a la antigua, de los adheridos a la triple lealtad. Se consideraba un enamorado del Reino de Navarra, de Euskal Herria y de Las Españas. Era un auténtico foralista, un federalista a la vieja usanza, navarro, vasco y español.

Según su testimonio personal, la princesa Irene de Orange-Nassau tras las elecciones generales de 1979 le agradeció su presencia en el hotel. Su esposo había obtenido unos 19.522 votos, insuficientes para ser elegido por Navarra. Eso la desanimó, pero la presencia del siempre leal Barandalla la revitalizó, tal como le comentó doña Irene.

Se decía socialista por Cristo, pero era persona de conciencia, no de exclusiones ideológicas o confesionales que acaban subordinando la dignidad humana a las instituciones. Amistades y familiares subrayaron su vocación de servicio. Obviaba el mal circundante y se centraba en vivir el Evangelio desde el corazón y la conciencia, no desde unos méritos basados en una doctrina o en nociones de supremacía moral. Lo suyo no era acumulación de saberes, sino sabiduría de vida. Los indígenas te evangelizarán, decía. Germán comprendía que nuestra sociedad se vende en conciencia y en corazón por un grado político o universitario, que bendice al que negocia con la esclavitud de las personas mientras que estigmatiza al despojado que solo puede encontrar sustento diario en su cuerpo. En efecto, los pobres, los marginados y los nativos enseñan la vida. Los que vendían sus caricias lo hacían para llevar libros y comida a sus hijos. Eso era una entrega que no cotiza en hacienda ni lleva a los altares. Germán no hablaba del mal, ni mal de nadie. Se comprende. El cristianismo es una apuesta. Si ayudas a los sojuzgados de este mundo, no puedes estar en misa con los que venden minas antipersona. El mal está ahí. Se combate no con filosofías, sino con las bienaventuranzas.

En su funeral se cantó el “Gurekin egon”, el canto vasco-francés que invita a compartir con Jesús la vida tras su muerte, al estilo de los judíos que se congratulaban con verse de nuevo en Jerusalén tras la liberación del exilio babilónico. Goian bego.

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