Tengo una buena amiga a la que admiro profundamente. Gran persona y excelente poeta con poesías en las que vuelca su sensibilidad desgarrada. También se prodiga en aforismos rebosantes de ingenio. De estos últimos, leí uno que provoca estas reflexiones. Decía más o menos: En la juventud, el error es disculpable. En la madurez, un fracaso.

Para empezar, yo diría que la madurez psicológica no tiene que ver con la edad. He conocido jóvenes, dotados de un madurez en sus juicios y decisiones, que me admiran. Y, por el contrario, a personas vetustas cuyo grado de inmadurez emocional es mayúsculo.

Errar es propio de la condición humana. En el camino de la vida cometemos muchos y variados. Y, como dice el refrán, a menudo tropezamos en la misma piedra. La persona madura no es -a mi entender- la que no se equivoca, sino la que no se hunde autompadeciéndose en su fracaso. Y sabe sacar las consecuencias positivas de su error. Que siempre habrá alguna.

La persona inmadura es incapaz de hacerlo. Y si triunfa, su mismo éxito, al engreírle, es un fracaso para su desarrollo personal.

¿Qué es el éxito en la vida?. En latín, éxito es salida. Pero, ¿de dónde?, ¿hacia dónde?, ¿qué significa?. ¿Ascender de nivel social? ¿Ganar mucho dinero?. A mi juicio, el éxito es hallar el auténtico sentido de la vida: merecer ser amado y amar. La realidad profunda es que todos hambreamos cariño.

Eso sería el éxito total. Luego están lo éxitos parciales. Objetivos parciales cuyo logro nos da una satisfacción interior. Poder trabajar en aquello que de verdad nos gusta es uno de ellos. Realizar esa vocación a la que nos llevan nuestras aptitudes y realizar nuestra creatividad en esas tareas.

También en el ámbito de nuestras relaciones personales, encontramos el éxito cuando nos encontramos con personas amigas, con las que empatizamos y desarrollamos unos afectos de confianza y respeto. Esto exige su tiempo y un interés recíproco. Nuestra capacidad de entablar y mantener esas relaciones amicales no es ilimitada. Pocas personas encontramos a las que podemos llamar de verdad amigas.

El fracaso en ese ámbito lo sentimos como una traición, como una ruptura de esa estrecha ligazón de confianza. Nos han defraudado y nos sentimos heridos. ¿Y si hemos sido nosotros los que hemos fallado, los que hemos roto esa vinculación?.

Hay otra relación más estrecha: la del amor. Saber encontrar la pareja idónea, entablar una vinculación intensa, desarrollarla en el tiempo, con visos de permanencia. Al principio parece fácil. La fase del enamoramiento con su desbordamiento hormonal e inundación de endorfinas placenteras lleva consigo un gozo profundo capaz de obnubilarnos y construir una imagen falsa de la persona a la que queremos entregar nuestro corazón.

A mi juicio, son dos los ejes sobre los que puede construirse un amor auténtico: amistad y atracción física. ¿Es una persona con la que puedo dialogar en profundidad?. Eso no significa que estemos de acuerdo en todo, sino que sepamos enhebrar una conversación, de palabras y gestual, con las que expresar tanto nuestras ideas como nuestros sentimientos. ¿Sabemos jugar sexualmente de forma que el placer recíproco sea un aliciente?.

Respeto y lealtad son dos requisitos para que la confianza mutua se mantenga a lo largo de la convivencia. Supone una madurez emocional en ambas partes que garantiza el éxito en la relación. Respeto entraña no cosificar a la otra persona, reconocerla como sujeto libre con su esfera de autonomía que no puedo avasallar. Ni tampoco puede exigirme que renuncie a la mía.

La pareja dentro de ese clima ha de ser capaz de consensuar las decisiones importantes de su vida: hijos, sociales, familiares, económicas, reparto equitativo de tareas, etc.

Si faltan esos ingredientes más el sentido del humor, no tardará en aparecer el fracaso en la relación amorosa que puede traducirse en ruptura civilizada o violenta o en la prolongación gris y aburrida de una convivencia mortificante.

No puede faltar una referencia a la relación de cada quisque consigo mismo. ¿Cómo me relaciono?. ¿Me lo he planteado siquiera?. ¿Soy esclavo de la imagen de mi ego narcisista?. ¿Me acomodo al parecer de otras personas?. ¿Cómo organizo mi tiempo?. ¿Me considero libre y responsable de las consecuencias de mis actos?. ¿O sigo mis apetencias momentáneas, dictadas muchas veces por la propaganda que nos bombardea continuamente?. ¿Me he preguntado si tengo éxito o fracaso en mi relación interna?. ¿Vivo en paz o angustiado?.

¿Me he planteado el tema de la existencia de un Ser fundante de toda la realidad?. ¿La niego, ignoro la respuesta, o la afirmo?. ¿Tiene la posible respuesta consecuencias en mi conducta?. Si la respuesta es afirmativa, ¿pienso que es cegato y sordo ante los males corporales y espirituales que afligen a la humanidad y pido que los atienda y resuelva?. ¿O doy gracias por la vida y me comprometo a luchar por erradicar o al menos disminuir esos males?. ¿Acepto los fracasos parciales en esa brega -debidos a errores, deserciones, resistencia del mismo sistema- y mantengo intacta la esperanza por construir ese mundo fraterno, aunque yo no llegue a verlo?.