Es inevitable que al estudiar hechos del pasado lo hagamos con ideas y prejuicios de hoy. Resulta bastante difícil meterse dentro de la mente de los protagonistas de sucesos históricos para describirlos con una fría objetividad.

La primera cuestión a analizar es la de las fuentes que tenemos para conocerlos. A partir de los documentos hallados se construyen muchas historiografías. Pero sabemos cómo se redactaban: a beneficio de los poderosos, de los vencedores.

¡Qué poco escribían los humildes, los vencidos!. Si lo hubieran hecho, sus relatos serían completamente diferentes.

Si los hechos no son demasiado lejanos, la memoria de los sobrevivientes, de las generaciones inmediatas, puede servir de ayuda. Pero con precauciones, pues sabemos con qué facilidad los recuerdos se alteran, se olvidan ciertas cosas o se magnifican otras. Además, ¿no vemos con qué frecuencia hay disparidades importantes en la memoria colectiva?.

Otras fuentes son los restos humanos, los artefactos y los monumentos que van apareciendo. Pero también estos son interpretados, no sólo con los medios científicos de que disponemos, sino también con la mentalidad de lo estudiosos que se acercan a ellos.

En ese enjuiciar el pasado, no puede faltar el enfoque ético. Muchos protestan por ello, pues entienden que es emplear criterios del presente -y no digamos si son prejuicios de bandería ideológica- para calificar hechos que corresponden a gentes de otras épocas con unas coordenadas mentales muy distintas a las nuestras.

A mi entender, el mejor criterio para hacer esos juicios éticos es intentar ponernos en el lugar de las víctimas. ¿Qué pensarían ellas?. Los asesinatos, violaciones, destrucciones de sus poblados, de sus formas de vida, la privación de su libertad, el sometimiento a sus conquistadores ¿no son algo execrable en todos los tiempos?.

Lo hiriente es que se quieran justificar esos atropellos con el argumento de que siempre se ha hecho así, pues de ese modo se han construido todos los imperios, de que las guerras tienen esos efectos colaterales de carácter inevitable.

¿Hemos de olvidar las protestas generosas de personas del mismo grupo de los vencedores?. Los atropellos de los conquistadores hispanos de América ¿no suscitaron las quejas de Montesinos, Las Casas, el padre Vitoria y el nacimiento de la misma escuela del Derecho Natural?.

Es cierto que la ética tiene aspectos mudables en el espacio y en el tiempo. Pero hay un núcleo básico, basado en el respeto a la dignidad de todas y cada una de las personas que debe ser respetado siempre, so pena de rebajarnos de nuestro nivel mínimo de humanidad.

Esos principios se quisieron concretar en la Declaración Universal de Derechos Humanos, aunque nacieron cojos por su carácter individualista y por la carencia de un órgano efectivo capaz de imponer su eficacia en todo el planeta.

Además, los avances tecnológicos nos han dotado de un poder tan tremendo que podemos acabar con la existencia de nuestra especie y de todos los demás seres vivientes. Por ello, urge corregir esa Declaración en un sentido comunitario y ampliándola con nuevos Derechos que respondan a esos nuevos peligros.

Pero, ¿no han aparecido ideologías populistas y xenófobas que significan la vuelta a la barbarie opresora?. ¿No corresponden a esa mentalidad, por convicción o contagio medroso, la negación del holocausto nazi, la construcción de muros en USA, Palestina, la conversión de la Unión Europea en un fortín bloqueado frente a la llegada de refugiados y migrantes?