Son tres verbos cuya secuencia puede ser voluntaria y fructífera. Pero otras veces, no.

Si tengo un agujero en el bolsillo y por él se me caen unas monedas, paseando por la calle, seguramente me encogeré de hombros, despreciando la pérdida y puede que complete mi pensamiento con un ¡que le aprovechen a quien las encuentre y las recoja!. De ahí, seguramente mi propósito de coser el agujero y así evitar que a través de él, se me caigan más monedas u objetos de más valor.

Pero a menudo hemos perdido cosas más valiosas para nosotros. Y nos hemos vuelto afanosos pensando dónde habrá sido, en una búsqueda que puede tener feliz resultado. En el evangelio de Lucas se nos narra la parábola de aquella mujer pobre que perdió una moneda, su búsqueda angustiosa, el gozo que experimentó al encontrarla y su alegría compartida con las vecinas.

Hay otras pérdidas que son voluntarias. Si ascendemos en sabiduría, nos daremos cuenta de que soltar lastre, despojarnos de ataduras, de absurdos complejos de culpa que nos pesan cual piedras en mochila a nuestra espalda, de apetencias infantiles de nuestro ego, produce en nosotros una liberación y una paz inmensas. Pasar del acaparar al compartir, dar lo que nos sobra y más aún darnos es el camino a recorrer para la alegría profunda del corazón. Camino que nunca acabaremos de culminar del todo porque son muchas las ofertas que nos ofrece este sistema esclavizador para tentarnos.

Pero hay otras pérdidas que son de personas. Voluntarias, cuando soltamos amarras de personas tóxicas que han entristecido y amargado nuestra vida, con sus maltratos, su celoso afán dominador. E involuntarias, cuando amigos desleales, parejas traicioneras, se alejan de nuestra vida, con explicaciones o sin ellas, dejándonos sumidos en un desconcierto doloroso.

En el recorrer de la existencia, hay otra clase de pérdidas inexorables. Las causadas por la guadaña inexorable de la muerte.

Personas conocidas, amigas entrañables, de nuestra sangre -hijos, padres…-, nuestra pareja amada. El dolor se siente como un desgarro lacerante en lo más hondo del corazón. A partir de ahí, ya no somos los mismos. Y aunque pase el tiempo, la cicatriz seguirá fresca en cada recuerdo, en cada añoranza. Y en pensamientos de lamento : ¡lo que no le dije, lo que no le mostré de mi cariño!.

Y si hay una nueva pérdida de esa clase, se produce una fenómeno agravador: parece como si las anteriores heridas volvieran a sangrar como si acabasen de ocurrir. ¡El dolor nuevo hace rebrotar el antiguo!.

En las pérdidas de personas, no cabe la búsqueda. Sería inútil. La soledad del desconsuelo atenaza. Las frases hueras y consignas de personas bienintencionadas recomendando resignación son estériles. Sólo quien lo ha experimentado puede acercarse y acompañar eficazmente sin palabras con su mera presencia a quienes se encuentran desolados.

Encontrar es el tercer verbo que expresa la alegría de recuperar lo que se había perdido. A veces es sorprendente, sin pasar por la labor afanosa de la búsqueda.

Y si la pérdida es producida por la muerte, el creyente espera encontrarse en la otra vida con esos seres queridos que ha perdido en el abrazo misterioso del Dios de vivos.