Suenan consignas de una nueva evangelización. Desde el mismo obispo de Roma y en todas las diócesis. Eso supone que la antigua ya ha dado todos sus frutos o por haber fracasado o porque los destinatarios de la nueva son distintos por mentalidad, edad o cualquier otra circunstancia.

Lo primero que tenemos que saber es qué es lo que queremos transmitir. ¿Qué es la fe?. Sencillamente es la respuesta libre del ser humano al amor generoso de ese Ser que llamamos Dios. Para responder hay que haber escuchado antes su llamada. Muchos dicen no haberla oído ¿o les ha llegado falseada?.

Algunos piensan que sólo llama a quien quiere y no a todos. Esta postura me parece horrenda y propia de una imagen de un dios arbitrario y mezquino.

Opino que llama a todos, cuándo y cómo quiere ya que es un Ser libre. El cómo puede ser muy variado. Pero normalmente vendrá a través de aquellos que han escuchado esa llamada. Han respondido sí y el gozo que experimentan de esa vivencia les lleva a comunicar esa alegría.

La pregunta surge inmediatamente. Los que nos decimos creyentes ¿transmitimos una vivencia alegre o avinagrada y amurriada?.

¿Qué queremos transmitir?: ¿la adhesión a una verdades expresadas dogmáticamente en un lenguaje ajeno a la mentalidad actual y la obediencia ciega a unas normas dictadas por una casta jerárquica que se arroga el privilegio de guiar imperativamente nuestra conciencia?. ¿O la confianza en el Amor revelado por Jesús?.

¿Somos motivo de esperanza o de escándalo?. Los primeros cristianos se expandieron por su vida ejemplar más que por sus discursos. “Mirad como se aman” se decían los paganos de aquella época y el deseo de formar parte de aquellas comunidades fraternas y de cuidados recíprocos, les llevó a incluirse entre los seguidores del Maestro de Nazaret.

La vieja polémica sobre la fe o las obras, parece superada. Obras son amores y no buenas razones dice acertadamente el viejo refrán. Si la fe que decimos profesar no se refleja en nuestra vida, no es fe, sino retórica vacía.

Pero puede haber obras buenas no alimentadas por la fe. Una forma refinadísima de venganza consiste en portarse bien con quien nos ha tratado mal. Así mostramos nuestra superioridad moral. O nos portamos bien esperando obtener beneficios, al menos el de ser bien vistos.

La intención con la que hacemos las cosas determina la bondad de las obras. ¿Movidos por amor, en pura gratuidad?, ¿o esperamos alguna remuneración?. Y si me porto bien con mi ofensor, ¿es porque he perdonado su ofensa?.

El problema radica en la turbia naturaleza humana. ¿Podemos estar seguros de que mi intención no está contaminada por algún interés egoísta?. ¿Somos capaces de actos de pura gratuidad?. La regla evangélica de que no sepa tu mano izquierda lo que hace la diestra, puede ayudar. Si hago una obra caritativa sin dar cuartos al pregonero, habré eliminado el afán de quedar bien.

Una fe viva se expresa en cuidar de los prójimos heridos que encuentro en mi camino y en luchar contra las causas de las injusticias estructurales que producen tanto dolor y miseria. En denunciar este sistema opresor y tratar de cambiarlo. Es decir, la fe del seguidor de Jesús tiene consecuencias políticas. La opción cívica por los últimos es su corolario. No es neutral en la pugna entre opresores y oprimidos. Ambas diakonías, la del cuidado y la política, no son incompatibles, sino necesarias.

Asumir nuestra responsabilidad política en cuanto seguidores de Jesús, nos exige tomar conciencia de que estamos dentro de este sistema injusto y que debemos resistirlo. Debemos ir soltando las amarras que nos encadenan a él. ¿Qué actitudes y renuncias implica esto?.

Denunciar sus tropelías inicuas es el primer escalón, con respeto a las personas. Luego examinar los enganches que tenemos con él; hasta qué punto nuestra conducta lo refuerza y nos hace cómplices de esos atropellos. En el día a día, en nuestro trabajo, en nuestras opciones de ocio, en nuestras relaciones interpersonales… ¿Somos capaces de llegar a la desobediencia civil en defensa de los Derechos Fundamentales de las personas, aceptando sus consecuencias jurídicas, dentro de la no-violencia?.

¿A qué partidos damos nuestros votos?. ¿A los que llevan en su ADN la preferencia por los opresores?. ¿A los que dicen optar por los desfavorecidos y luego en el poder obedecen a los amos económicos?. ¿A los que se ponen por unanimidad retribuciones muy por encima de la retribución media del ciudadano?. ¿Encuentro alguno que satisfaga la radicalidad evangélica?. ¿Somos capaces de votar a los corruptos o que eluden la corrupción de los suyos?. ¿Transigimos con que los partidos políticos sean la más segura agencia de colocación de sus afiliados sumisos?.

¿Qué hacemos con nuestro dinero?. Lo que nos sobra después de cubrir nuestras necesidades, ¿lo compartimos con quienes lo necesitan?. ¿O lo despilfarramos, acumulando cosas en un consumismo compulsivo?. Si decidimos invertir en actividades empresariales, ¿lo hacemos sólo en busca del máximo beneficio, aunque sea a costa de destruir la Casa Común, explotar a proveedores y trabajadores y engañar a consumidores con propaganda falaz?. ¿O jugamos al casino de la bolsa, alimentando ese economía virtual-financiera que no satisface ninguna necesidad humana?.

La palabra es el siguiente medio, después del ejemplo, de transmitir la fe. La credibilidad sólo vendrá de este último. La Iglesia debe pasar de su Yo acuso al Mea Culpa. Pero traducido en cambios profundos:

Apertura de centros eclesiales para acoger a los sin techo y a familias que hayan perdido su hogar.

Anulación express de los matrimonios canónicos en que se hayan cometido violencia de género, a petición de la víctima.

Exigencia del catecumenado para la recepción del bautismo.

Mostrar las personas actuales que consagran sus vidas a cuidar de los últimos.

No nombrar, ni cesar, párrocos ni responsables de unidades pastorales sin previa consulta a los fieles afectados.

Convocar y escuchar a artistas creyentes que orienten la apertura a la belleza de las expresiones religiosas actuales.

Denuncia profética de las causas socio-económicas de las desigualdades sociales y de las distintas pobrezas; así como de las conductas xenófobas y racistas.

No ahogar los profetas que suscite el Espíritu en el Pueblo de Dios.

Abolir el celibato obligatorio en la Iglesia latina.

Superar el patriarcalismo clerical y pasar a una Iglesia de iguales.

Elección desde lo base de todos los ministerios eclesiales, de acuerdos con los carismas personales.

Superar la arcaica doctrina sexual mantenida oficialmente.

Renuncia a a la riqueza y al poder, a su pretensión de ser una sociedad perfecta, y sometimiento a las leyes civiles sin privilegios acordados.

Desaparición del Estado Vaticano.

Reconocer todos los casos de pederastia eclesial, escuchando a las víctimas, procurando resarcirles el daño causado y comunicando a la jurisdicción civil todos los casos.

Proseguir las tareas de unión fraterna con los demás iglesias cristianas, superando trabas históricas e impedimentos para asistencia común a todas las ceremonias litúrgicas.

Hermandad con todas las creencias religiosa, trabajando juntas por la paz y la justicia.

A la par de esos cambios se necesita un nuevo lenguaje, basado en la misericordia y la presentación desnuda del mensaje de Jesús, sin las hojarascas añadidas a través de los siglos. Presentado como oferta de salvación. A través de contactos personales, de los medios tradicionales y de los nuevos digitales que se hoy existen.

Pero hay que tener la cuenta la realidad de esos nuevos destinatarios que componen la sociedad actual, cuyas características parecen ser:

Heterogénea y líquida. Quizá ya gaseosa.

Individualista, con escasos miembros que generosamente se preocupen por el bien común.

Sometida a cambios vertiginosos que se traducen en la mutación de valores dominantes en ella.

Secularizada. En ella la Iglesia ha perdido su autoridad y prestigio. Sus escándalos, sus riquezas, su doctrina magisterial y su poder despiertan recelo y alejamiento.

Bajo nivel cultural, manifestado en la escasez de personas que se cuestionan de dónde venimos, a dónde vamos y la presencia amorosa de Dios en sus vidas, individuales y colectivas.

Sometida a imágenes emocionales, mensajes subliminales y propagandas para conseguir borregos sumisos, sin pensamiento crítico y alienados en un consumismo compulsivo.

¿Sabremos ser sembradores alegres de la Buena Nueva, sin preocuparnos de no ver los frutos, sino de esperar activamente en la lluvia fructificante que envía el Dueño de la viña?