Son dos posturas opuestas que parten de dos distintos puntos de vista. El animal tiene su vida regida por el instinto. Entre el estímulo -comida bebida, objeto de su apetito sexual, peligro para su supervivencia- y su conducta no hay eslabón intermedio que pueda provocarle dudas. Sus genes y el aprendizaje le marcan lo que ha de hacer.

El ser humano es más complejo. Entre el estímulo y la conducta cabe la duda. ¿Qué hacer o no hacer?. Reflexión más o menos corta. También cabe que se renuncie a pensar y se decida a bote pronto. Me apetece, lo cojo. O lo contrario, lo rechazo porque me desagrada. Seguramente la deseducación propiciada por la sociedad actual nos impulsa a esta manera irreflexiva de actuar.

Es cierto que somos también animales de rutinas. La mayor parte de nuestra conducta es apenas consciente. Hacemos mecánicamente muchas cosas, mientras nuestra mente se dirige a otros aspectos de la vida que juzgamos importantes.

El hábito juega un papel importante en nuestro hacer, deshacer, o inhacer. Cuando el hábito está trazado con un surco profundo, salirse de él es tremendamente difícil. Para esas cosas rutinarias, sin trascendencia, es una ayuda importante.

Lo malo o lo bueno es cuando se trata de decisiones que repercuten hondamente en nuestra vida y en la de los demás. ¿Qué me mueve en estos casos?. ¿La búsqueda de mi comodidad, la satisfacción de un capricho egoísta?. ¿O soy capaz de sopesar las consecuencias. ¿Busco el bien, la verdad, y la belleza?. ¿O me traen al pairo esas consideraciones?. ¿Soy capaz de posponer la satisfacción de una necesidad en esa búsqueda o por saborearla luego mejor?.

¿Sabemos distinguir lo que son necesidades básicas de puros deseos, muchas veces inculcados por la publicidad?. ¿Somos conscientes de que el ansia por calmar esos deseos superfluos conduce a que muchas gentes no puedan cubrir sus necesidades básicas y a la destrucción de la Casa Común?.

Colmar una necesidad nos sacia. Conseguir deseos nos deja siempre insatisfechos. No nos da felicidad, aunque así lo prometa la publicidad emocional que nos bombardea constantemente. Siempre queremos más, como repetía el estribillo de una vieja canción. La codicia es insaciable.

Una decisión acertada ética y estéticamente puede llevarnos a sacrificar incluso la satisfacción de una necesidad básica. Eso puede costar. La ventaja es que si lo hemos hecho repetidas veces, la fuerza del hábito nos llevará a asumirla con naturalidad.

Claro que antes de tomar una decisión básica nunca estaremos seguros de haber acertado. Y lo peor en esta sociedad injusta en que estamos es que podemos vernos obligados a elegir entre dos males. Negarse a elegir es una opción que puede acarrearnos consecuencias desfavorables. De ahí, la grandeza de la objeción de conciencia responsablemente elegida. ¿Pero si el perjuicio recae sobre otras personas, incluso pequeños indefensos?.

Y no olvidemos que en muchas ocasiones lo mejor es enemigo de lo bueno. Lo mejor puede ser la respuesta utópica en ese momento y lo bueno, lo factible en las circunstancias presentes.

Pero tanto si la respuesta es por el mal menor o por lo bueno posible, entiendo que debe ir acompañada por la lucha hacia un mundo fraterno, justo y libre. donde las opciones mejores sean adoptadas comunitariamente sin cortapisas.

Con estas consideraciones, ¿no está claro que soy lo que hago y hago lo que soy?. Pues dada la la plasticidad de la personalidad humana, ¿no es nuestra conducta la que va moldeándonos?. ¿No somos fruto de la biología, la cultura y del ejercicio de nuestra libertad?.