Don Carlos Javier de Borbón Parma.

Buenos días, amigos, carlistas:

Es una alegría para mi familia y para mí, encontrarme hoy aquí en Madrid con todos vosotros. Es importante reunirse para intercambiar ideas y trabajar juntos por lo que vale la pena.

A nosotros lo que nos une es el Carlismo. El Carlismo entendido como un proyecto político y social por el que llevamos luchando más de 185 años.

¿Y porqué luchamos? Se preguntarán algunos. Luchamos por lo más importante: la Dignidad, los Derechos y las Libertades de las personas. Frente a un mundo que sólo mira al consumo y a lo instantáneo, el Carlismo sitúa a la persona y a su dignidad en el centro de todo el debate. Por ello, nos encontrarán siempre apoyando toda causa justa que defienda a la persona desde su inicio hasta el final.

Es más, históricamente los carlistas nos hemos enfrentado a todo tipo de totalitarismos. Lo hicimos en el pasado y lo volveremos a hacer si se presenta la ocasión, como lo hicieron mi abuelo Don Javier y mi padre Carlos Hugo.

El carlismo desde sus orígenes se ha enfrentado a todo tipo de “descartes”. Defendió a las causas populares frente al liberalismo. Y hoy, frente al capitalismo neoliberal debemos defender la economía social de mercado.

Siguiendo el consejo del Papa Francisco, defendamos igualmente la dignidad de todas las personas frente a la cultura permanente del descarte, entendiéndose por tal “una cultura de la exclusión de todo aquel que no esté en capacidad de producir según los términos que el liberalismo económico exacerbado ha instaurado”, y que excluye “desde los animales a los seres humanos, e incluso al mismo Dios”.

Cada uno en su puesto, con seriedad y haciendo bien las cosas, los carlistas estamos llamados a hacer política realista. A convencer al vecino de al lado para que se involucre en el Bien Común. A devolver su función a la política, que debe ser tarea de servicio y no de enriquecimiento personal.

El Carlismo bebe de una tradición centenaria, pero adaptándose a las circunstancias del momento para dar respuesta a los problemas de hoy. El Carlismo aprende de su larga experiencia para afrontar el futuro. No podemos permitirnos vivir del pasado, ya sea de hace 30 años o de hace 70 años, aunque haya que escribirlo para guardar esa experiencia. El carlismo debe vivirse y trabajarse desde el siglo XXI y para el siglo XXI.

El Carlismo es patrimonio de todos los españoles. Forma parte de nuestro patrimonio colectivo como pueblo.

No puedo dejar de sacar a debate circunstancias que se viven en nuestro país, que veo y analizo desde Europa donde me retienen mis obligaciones personales, por el momento. Ante estas situaciones tenemos que tener en cuenta que nuestra propuesta se basa en conceptos que desde hace 185 años el Carlismo ha ido señalando y adecuando a los tiempos. Son ideas capaces de dar una solución satisfactoria a la problemática territorial española. Estas ideas son un corpus que fijan la vigencia de las raíces y los valores frente a los vientos del presente. Recaer en la mentalidad centralizadora es levantar muros impidiendo alcanzar el proyecto carlista de Las Españas.

Por su oportunidad quiero referirme a los conceptos que marcó mi padre, Carlos Hugo, siguiendo la tradición ideológica de su padre, Don Javier, y éste de sus predecesores, y que pueden dar soluciones a algunos de los problemas actuales.

El Estado no es la fuente jurídica del poder, tan sólo el instrumento ejecutivo de la voluntad popular. Por lo tanto la fuente del poder jurídico es el pueblo.

El gobierno no puede ni debería pretender ser quien concede la libertad o las libertades del pueblo. La libertad la tiene el pueblo por sí mismo al estar formado por personas. Por esta razón es el gobierno quien se debe al pueblo que representa.

El gobierno no es competente para conceder a las comunidades territoriales el derecho a su existencia, ya que estos derechos son anteriores al Estado y deben ser defendidos por el gobierno igual que las demás concreciones de la libertad humana.

En los derechos históricos de las comunidades territoriales radica uno de los núcleos de la cuestión. La sola mención de dichos derechos es una blasfemia para todos aquellos que comparten una visión unitarista del Estado. Esta posición unitarista nos llevaría a considerar que españoles, franceses o alemanes existen como tales porque el gobierno europeo les otorga el derecho de disfrutar estas nacionalidades.

El autogobierno de las comunidades territoriales no tiene porqué representar la fragmentación de un Estado, de la misma manera que la pluralidad de unos partidos políticos opuestos, o de los diferentes sindicatos obreros y federaciones empresariales, no significa tampoco desintegración alguna. Todas estas realidades cohesionan un país, sencillamente porque ayudan a resolver conflictos normales en una sociedad mediante el recurso al diálogo, no por la fuerza, y se puede considerar que constituyen un excelente instrumento de reconocimiento mutuo en la diversidad, en la concordia y en la solidaridad. Lo que significa más democracia, más participación del ciudadano y más responsabilidad del pueblo. Al contrario, el hecho de negar la existencia de estas realidades históricas, políticas y sociales será precisamente lo que puede llevar a un país a su división al no ver reflejado en su gobierno del mismo las inquietudes y necesidades de toda la sociedad.

Así pues la solución hay que buscarla en la Monarquía Federativa, como ya lo fue a lo largo de la Historia, y en el principio de Subsidiariedad, que promueve una construcción de la sociedad de abajo hacia arriba, y por tanto una auténtica autonomía en los niveles más bajos. No vale una reproducción del mismo Estado liberal en cada región histórica, y en lo que hoy son las Comunidades Autónomas, sino que también es necesaria una descentralización hacia las comarcas, los municipios, los grupos sociales, en cada uno de los territorios de Las Españas, porque cuánto más cercana es la política al hombre, más doméstica, más efectiva es. Además se frenaría el anhelo secesionista, que en el modelo del Estado liberal federal alentaría todavía.

Amigos, permitirme que me salga unos breves momentos de la situación española y me dirija a nuestros espacios naturales de convivencia: Hispanoamérica y Europa.

Hispanoamérica. Como todos sabemos, nuestro modo de vida, tradición, lengua… abarca más que la Península Ibérica. Es decir, no somos un pueblo que se circunscribe únicamente a la Península, sino que somos hermanos, hermanos de sangre, de fe, de tradición, de idioma, de otros 20 países, con los que compartimos siglos de historia común. De todos ellos debemos aprender trabajando de tú a tú, uniendo nuestros lazos de historia hacia un futuro que puede y debe escribirse en castellano. Tenemos mucho que aprender unos de otros y debemos saltar el espacio físico que nos separa para seguir innovando, fomentando los proyectos de colaboración mutua. De estos temas mi hermano Jaime os puede contar muchísimas cosas.

Europa. ¿Qué decir del proyecto europeo en este momento? Lo primero es que no nos gusta. Es una respuesta fácil que no aporta nada, como quejarse. En segundo lugar, no responde a los fines que perseguían los fundadores. Todos lo sabemos, pero esta respuesta igualmente no aporta nada. En tercer lugar, es un proyecto necesario. Sí, pero un proyecto que en primer lugar respete las raíces cristianas de Europa, porque sin ellas no es posible la idea de Europa. Partiendo de esas raíces podremos trabajar en la construcción de una Europa de los Pueblos, de una Europa volcada en el Bienestar Social, en definitiva, de una Europa al servicio de los hombres y las mujeres que la integran. Una Europa que ocupe su lugar en la geopolítica mundial, que devuelva al Segundo y Tercer Mundo parte de sus ganancias colaborando en el desarrollo de todos los países. No podemos negar que formamos parte de la aldea global. En cuarto lugar, el modelo de gobierno europeo no puede abolir la existencia de las naciones europeas, por la sencilla razón que fueron ellas las que lo crearon, siendo impensable que este gobierno les niegue el derecho a existir. Por consiguiente deberá aceptar sus derechos de la misma manera que en la antigua Monarquía Española y en otras monarquías europeas, en las cuales el Rey era el garante y el defensor de los derechos de las naciones que se habían unido, compartiendo el gobierno con sus representantes.

Y finalmente, la sostenibilidad. Me habéis oído hablar bastante sobre este tema en el pasado.

Hay un sector que niega la realidad del cambio climático, del problema que tenemos mundialmente, como si esta amenaza fuera una obsesión maligna que se ha apoderado de una pequeña minoría temerosa de los nuevos tiempos. Ante esta situación os invito a reflexionar. También sobre lo que representan estos tres conceptos: Ecología, Economía Circular, y Contaminación, y las consecuencias de no tenerlos en cuenta.

De esta problemática nace la gran importancia que atribuimos a las conductas solidarias. Pero defender la solidaridad no es afirmar que los poderes públicos deben resolver todos los problemas. Eso sería recaer en el absolutismo que nosotros hemos combatido siempre. Pero la limitación del Estado que nosotros defendemos no debe suponer que la gestión del Bien Común recaiga exclusivamente en los individuos.

Amigos, como conclusión: Hoy estamos aquí para demostrar otra vez más que existe una alternativa al sistema actual español. Y análogamente al europeo. Una alternativa que bebe de una tradición de más de 185 años de historia, que sigue viva, y lo más importante, que al formar parte del patrimonio de todos los españoles, está en vuestras y nuestras manos para ponerla en práctica.

Muchas gracias por vuestra asistencia a los actos de hoy y por vuestro compromiso con nuestra sociedad. Gracias.