Carrión Digital

16/11/2018

Fernando Pastor

Julio Redondo Casado, nacido en 1920 en Villafuerte de Esgueva, fue un niño especial.

Como era habitual, ante la más mínima dolencia intestinal le daban aceite de ricino, lo que le hizo tener un miedo exacerbado a los médicos. Por ello, un día que se cayó jugando en el corral con su hermano Gregorio y se hizo una brecha en la frente al darse en la cabeza contra una piedra, tras oír a su madre, Leonides Casado, asustada al ver manar tanta sangre, decir “avisad a don Juan” (el médico), salió corriendo. Le buscaron por todos lados: bodegas, pajares… y no apareció hasta que por la tarde su padre le preguntó a un pastor que venía con las ovejas, quien dijo haberle visto en un basural. Cuando llegaron, allí estaba, dormido, con un puñado de moscas en la cara chupándole la sangre que le caía de la frente.

La primera vez que salió del pueblo, con 4 ó 5 años, fue para ir a Palencia a la consulta del famoso oftalmólogo Díaz Caneja. Junto con su madre, fueron en burro. Salieron a la una o las dos de la madrugada, atravesaron el Valle del Esgueva, el monte de Alba (oyendo aullar a los lobos), Cevico de la Torre y Tariego, donde pararon en la posada, y luego de allí a Palencia a pie.

Su madre le enseñó a leer siendo muy pequeño, con cuentos de Calleja. Cogió tal afición que con 3 ó 4 años iba a la escuela y se apostaba en la puerta para escuchar lo que se decía, sin poder entrar porque hasta que no tuviera 6 años no le admitían. Y allí en la puerta esperaba a que saliera su hermano Gregorio. Pero su madre habló con Don Manuel, el maestro, y el día siguiente le dijo, “entra Juliete”. Y se incorporó a las clases, sentándose en el banco corrido en el que estaban los más pequeños. En las escuelas los niños estaban todos en el mismo aula, y los más mayores se encargaban de enseñar a los pequeños. Críspulo, uno de los mayores, comprobó con asombro que Julio ya sabía leer. Desde ese mismo instante le colocaron con los mayores.

Pero lo que caracterizó a Julio fue su militancia carlista, al igual que su familia, que recibía asiduamente visitas de Tomás, el hijo de un capitán del ejército de Carlos VII.

En 1942 fue detenido por primera vez, pasando varios días en los calabozos del Gobierno Civil. Tras salir, recibió una carta en la que se le comunicaba que Falange Española Tradicionalista y de las JONS le había dado de baja por desafecto al régimen. Noticia que recibió con asombro, ya que él no se había dado nunca de alta. Con ese documento preparaban el camino para lo que vendría después: estando estudiando 2º de Derecho en Valladolid, un día el conserje le dijo que el rector, Cayetano de Mergelina y Luna, quería hablar con él. Era para comunicarle que por orden del Gobernador, Tomás Romojaro Sánchez, desde este momento tenía prohibida la entrada a la Universidad.

Tampoco le permitían ejercer la enseñanza, pese a que con anterioridad había cursado Magisterio, pues para ser maestro era imprescindible ser adicto al Movimiento. Sin embargo un inspector de enseñanza, cuyos hijos eran también carlistas, del mismo grupo que Julio, le dijo que si el párroco le firmaba un certificado de buena conducta le buscaría una plaza de maestro en la provincia de Burgos. Y así fue destinado a Iglesiarrubia.

El 7 de enero de 1945 fue a Burgos a recoger la documentación y después se dirigió a la estación de autobuses, pero le dijeron que no había coche a Roa, así que tuvo que coger el de Aranda de Duero para bajarse en Quintanilla de la Mata y luego ir a pie por la carretera de Villafruela, bajo una impresionante nevada y sin conocer el camino. Se encontró con una cuadrilla de presos políticos que estaban construyendo la vía férrea Madrid-Burgos, custodiados por funcionarios de prisiones. Les preguntó y le indicaron que tenía que ir por un camino sin asfaltar.

Finalmente llegó a un pueblo, llamó a la primera puerta que encontró para preguntar si era Iglesiarrubia. Le confirmaron que sí y le acompañaron a casa del alcalde, Laureano, que le dio un vaso de leche y alojamiento esa noche. El día siguiente, tras tomar posesión de su plaza, el alguacil y un concejal le enseñaron por dónde había llegado la noche anterior: se veían sus pisadas sobre el arroyo helado. Julio estaba seguro de que le dieron ese destino, incomunicado, por su desafección con el régimen.