Doblar las rodillas es signo de sumisión, de vasallaje. Desde épocas bien remotas, y en muchas culturas, venía a ser una muestra de postración, de rendir la libertad ante un soberano o soberanos a quienes se veneraba, casi como dioses o enviados por la divinidad.

En la Edad Media europea existía una categoría social, por encima de la de los siervos, a quienes se denominaba ingenuos. El origen etimológico de la palabra, in-genui, nos desvela su condición: no hincaban sus rodillas ante los señores.

En las llamadas sociedades democráticas de hoy en las que presumimos que hemos dejados de ser vasallos y somos ya ciudadanos, personas libres, mayores de edad, ¿seguro que no seguimos doblando las rodillas?.

¿No tenemos otros diosecillos u otros individuos ante los que nuestras rodillas flaquean?. ¿No babeamos ante esos famosillos o famosillas -del cuore o del balón o de los espectáculos- cuya vida pública o privada quizá nos sabemos mejor que la de los seres más próximos?.

¿No tenemos por dios al mercado, cuyas reglas aceptamos como inapelables?. ¿Nos olvidamos que son los grandes mercaderes los que nos imponen esas normas?.

¿Por qué adoramos al dinero -el Mamón de la Biblia- como el motor de la existencia de las sociedades y la nuestra?.

¿Y no hay quienes han erigido a la nación política y a sus símbolos como ídolos sagrados que deben ser adorados y cuya profanación es una blasfemia que debe ser sancionada penalmente?.

¿Qué idea de un dios omnipotente y justiciero tienen algunos creyentes que olvidan la impotencia del Dios que se abajó para revelarse en un Niño desvalido, cuyo nacimiento celebraremos en fechas próximas?.

¿Cómo compaginan el tratar de tú a Dios en el Padre Nuestro y luego dar títulos rimbombantes a las jerarquías eclesiásticas?.