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05/12/2018

Pablo García Astrain

(Arquitecto y militante socialista)

Un amigo historiador me ha animado a vencer el pudor familiar para publicar estas líneas que escribí al calor de la polémica sobre el vídeo realizado por el Gobierno con motivo del 40 aniversario de la constitución que muestra a dos excombatientes de la guerra civil española de ambos bandos hablando amistosamente…

Mi abuelo materno era carlista y sobre todo profundamente religioso, luchó con los nacionales en la Guerra Civil. Mi abuela paterna era comunista y luchó en el bando republicano. Ambos lo hicieron a conciencia y con convicción, no únicamente empujados por los acontecimientos en los que se vieron envueltos. Durante la dictadura mi abuelo rehusó siempre beneficiarse personalmente de haber luchado en el bando ganador, y me consta que tenía especial desprecio por aquellos que se aprovecharon de la victoria, falangistas mayormente, según él. Mi abuela enviudó 14 años después de la guerra cuando mi otro abuelo murió al salir, al fin, de la cárcel. Por supuesto siguió siendo comunista y siguió combatiendo la dictadura. Mi abuelo apenas hablaba de “nuestra guerra” como la llamaba él. Mi abuela sin embargo podía hablar durante horas de la guerra y de la postguerra, pero sobre todo de la República, su querida República. El silencio de mi abuelo y la elocuencia de mi abuela formaban el contraste sintomático que todo lo explicaba.

Cuando mis padres se casaron, mis abuelos supieron tratarse con respeto. No sé si se reconciliaron, pero desde luego cuando se conocieron sí que se re-conocieron. Con el tiempo creo que acabaron incluso teniéndose un afecto sincero. Durante la boda no faltó quien comentó que mi madre se casaba con un rojo. Pero eso fue todo. Para más inri, la boda la ofició un cura obrero de la teología de la liberación y nacionalista, que hoy en día sigue siendo amigo de la familia. Yo nací luego en 1975, dos meses antes de la muerte de Franco. Soy por tanto hijo de la Transición y un niño de los ochenta. Mi infancia en el País Vasco, como la de tantos, estuvo marcada por el terrorismo. La Transición no fue un camino de rosas en ningún sitio, en Euskadi mucho menos.

Me cuenta mi padre, que estuvo de concejal en la primera corporación municipal democrática de mi ciudad natal -la gestora del Ayuntamiento de San Sebastián- cómo tuvo que ir a “invitar” a marcharse al último alcalde franquista de la ciudad. Y cuenta cómo se acordaba de mi abuelo, su padre, muerto al salir de la cárcel mientras subía en el ascensor hacia el despacho del alcalde. Parece que la tarea le tocó a él ya que nadie osaba ir a “desalojar” al último alcalde franquista. Lo cual da la medida del “respeto” temeroso y reverencial que infundían las autoridades franquistas, incluso estando en las últimas. Cuenta también cómo en aquellos tiempos y en los años siguientes los concejales de todos los partidos se protegían unos a otros frente a la amenaza terrorista. De izquierdas o de derechas, nacionalistas o no nacionalistas, haciendo entre ellos de escudos humanos a falta de escoltas… y marcando una línea clara entre demócratas y totalitarios mucho antes del Pacto de Ajuria Enea. Cuando el intento de golpe de estado del 23-F mi abuelo, aquel carlista que luchó en el bando nacional durante la guerra, no dudó en esconder a socialistas que pudieran ser perseguidos y represaliados… Y así unas cuantas anécdotas que para mí siempre han sido la personificación del autentico espíritu de la Transición.

Muchos años más tarde, ya en este siglo, al mismo tiempo que se colocó la primera placa en memoria de la Segunda República y de las víctimas del franquismo en San Sebastián junto a la playa de la Zurriola, también se rehabilitaron las murallas del castillo y discretamente se eliminó la antigua inscripción que recordaba a las víctimas donostiarras en el asalto a la cárcel de los Ángeles Custodios de Bilbao en plena guerra, y en plena retaguardia republicana. Fue entonces cuando entendí que la Memoria Histórica que yo siempre reivindiqué no era tan sencilla como parecía y que venía bastante más cargada de efecto pendular y afán de reescritura de lo que pudiera parecer a simple vista.

Nuestros abuelos supieron reconciliarse, nuestros padres construyeron la democracia, estaría bien que nuestra generación, los que somos hijos de la Transición, la generación que -con todo, y a pesar de todo- más fácil lo ha tenido en toda esta historia, no despreciara ni tirara por la borda lo conseguido hasta la fecha. Para ello es conveniente entender las políticas de memoria pública, tan necesarias, no como un cuestionamiento de la Transición, sino como su culminación. También defender la Constitución, nuestro pacto ciudadano, frente a las distintas amenazas que la acechan. (Desde Espacio Carlista lamentamos discrepar con esta última reflexión del autor del artículo)