Leí una entrevista a la historiadora Carmen Iglesias. Tuve el placer de conocerla personalmente hace años, cuando en colaboración con el Gobierno de La Rioja, Amigos de La Rioja, organizó un homenaje al ilustre riojano que fue su profesor, don Luis Díez del Corral.

En la entrevista a la doctora Iglesias, le preguntaron qué prefería: si república o monarquía. Su inteligente respuesta fue que la alternativa verdadera se da entre democracia o autoritarismo. Y no siendo monárquica, la suposición de que un político de los actuales llegase a presidir una república española, le hacía preferir una monarquía parlamentaria.

Los medios de comunicación actuales se distinguen por su culto a la moda -no sólo en vestimenta- y por la superficialidad de sus planteamientos. La ligereza de la pregunta, suscitada por burdas propuestas partidistas, invita a contestar desde las tripas y no desde la reflexión razonada.

No existen la república ni la monarquía en abstracto. Hay monarquías distintas, desde la feudal de Arabia Saudí a la parlamentaria del Reino Unido. Y Repúblicas que van desde la autoritaria y xenófoba polaca a la avanzada islandesa.

República centralista y unitaria es la francesa. Y la Confederación Helvética, Suiza, con sus cantones y sus varios idiomas es otro ejemplo dispar.

Parlamentarismo o Presidencialismo son muestras de formas de gobierno distintas. De estas últimas, Francia y USA son los casos más conocidos. Mientras que formas parlamentarias se dan en Italia, en Portugal o en el reino de España.

La pregunta clave, por encima de esas diferencias, es qué debemos entender por democracia. Para mí es un régimen donde se respetan “todos” los Derechos Fundamentales -civiles, jurídicos, políticos, sociales, culturales- de las personas individuales y grupos que constituyen una comunidad política; con separación los tres poderes ejecutivo, legislativo y judicial. Y donde los medios de comunicación son libres, independientes del poder político y económico, con respeto a la verdad y a la intimidad de las personas.

Opino que esto todavía no es más que un ideal no realizado. ¿Puede haber democracias reales sin demócratas -mujeres y hombres- que a pié de calle trabajen por el bien común y políticos, nacidos de entre ellos, que no busquen el poder para sí, sino para servir a la ciudadanía, en especial a los más desfavorecidos?. ¿Dónde hay escuelas de ciudadanía que forjen demócratas críticos?. ¿No resultan accidentales las formas concretas de gobierno de un país, si no sirven para avanzar en el camino hacia una democracia real?.