La especie humana es la única que se hace preguntas. Para tratar de obtener respuestas, claro. Lo absurdo es que haya quienes traten de imponer respuestas a preguntas que nadie ha formulado. Y no hay democracia cuando se prohíbe hacer preguntas. Ni son demócratas quienes han renunciado a plantearlas.

Hay preguntas que nos incomodan, cuando se nos dirigen. Depende de quiénes nos las hagan. De cómo, imperativamente, pidiéndonos un sí o un no, o blanco o negro, sin ninguna posibilidad de matización. Y de cuándo, pues pueden ser fuera de tiempo y lugar oportunos. Dar la callada por respuesta es una salida corriente, en esos apuros. El silencio es una respuesta posible. ¿Quién calla, otorga o rechaza?…

Responder “no sé” es una confesión modesta de ignorancia. Desconozco la cuestión planteada, no tengo datos suficientes para dar una respuesta satisfactoria para quien me la formula y…para mí. ¡Cómo me sorprende la osadía de ciertos comunicadores sociales para pontificar con todo desparpajo sobre todo lo divino y lo humano!.

A veces se contesta una pregunta con otra. Y no sólo para eludir a la gallega la incomodidad de dar una respuesta. Simplemente para aclarar conceptos. ¿Qué entiende el interlocutor por los términos de su pregunta?. Pues las palabras no tienen un significado unívoco. Muchos malentendidos se solucionarían antes de producirse, simplemente con una repregunta aclaratoria.

Los seres humanos llevan muchos siglos haciéndose tres preguntas clave: ¿quién soy yo?, ¿de dónde venimos?, a dónde vamos?. ¿Se puede ser persona completa sin llegar a formularse estas preguntas?. Que sean de muy difícil respuesta, no significa que debamos renunciar a ellas y a perseguirla incansablemente.

Desde el primer libro de la Biblia, hay una pregunta que resuena y que es el fundamento de cualquier ética. ¿Qué has hecho de tu hermano?. Engarzada a ella, surge otra ¿quién, quiénes son mis hermanos? ¿Sólo los de mi sangre, los que que me caen bien, mis vecinos, los de mi tribu étnica, ideológica, religiosa…?. ¿O cualquier persona humana por el mero hecho de serlo?. Para el poverello de Asís hasta los animales, las plantas, las cosas inanimadas y la misma muerte.

¿Qué repuesta damos a la presencia de los hermanos en nuestra vida?. Puede que la peor sea la indiferencia, pasar de largo como si no existieran, insensibilizarlos, ningunearlos. Está la de la envidia, entristecernos de sus éxitos y alegrarnos de sus desgracias. La de tratarlos como cosas a nuestro servicio, manipularlos para conseguir nuestros objetivos. O la del odio ese sentimiento negativo que nos encadena a otras personas, en sus formas leves de rencor o las brutales, madres de toda clase de violencias. Y existe también la del samaritano que dedica su tiempo, sus bienes y su energía para atender a los heridos en el camino de la vida.

¿Cuáles son las que damos cada uno de nosotros?. ¿No hemos dado distintas en circunstancias y momentos diversos ?. ¿Cuál nos ha hecho más feliz?. La respuesta viene de la poesía:

“Dormí, y soñaba

que la vida era alegría.

Desperté, y vi

que la vida era servicio,

Serví, y vi

que el servicio era alegría”.

Rabindranath Tagore.