Existen varias patologías que tienen en común la pérdida de memoria. Quizá la más conocida sea esa que llamamos Alzheimer. Conozco varios casos próximos, entre ellos la de un ser muy querido por mí.

Es curiosa, para los profanos en medicina, su evolución y manifestaciones. Recuerdan hechos del pasado lejano -memoria a largo plazo-, mientras olvidan velozmente hechos recientes.

Cuando el proceso avanza, la pérdida de memoria llega a ser total. Llegan a ignorar quiénes son y no reconocen ni a personas muy próximas.

Eso no quita para que cuando les visitan, se emocionan y agradecen las muestras de cariño. Diríase que en su fondo más íntimo guardan débilmente esos vínculos que les ligan  a esas personas cercanas.

¿Hasta qué punto nuestra misma identidad personal depende de la memoria?. ¿Podemos ser un yo sin esos recuerdos que atraviesan nuestra existencia?. Esos rostros, esos encuentros con otros tús, que han ído configurando nuestra personalidad se guardan en las sinapsis químicas y eléctricas de nuestras neuronas cerebrales. Si esas sinapsis se deterioran, ¿qué queda de nosotros mismos?, ¿un conjunto vegetativo de células sin capacidad ni para recordar, ni vivir el presente, ni planear el futuro?. Mas, ese ser desmemoriado, ¿no es todavía capaz de ser amado e inclusive de amar?.

Cuando uno va cumpliendo años, ha visto de cerca esos procesos degenerativos y va oyendo cada día de más casos, se siente inquieto por sí mismo. ¿Caeré yo también en esa pendiente de la desmemoria?. Y cada vez que le cuesta recordar un dato, un nombre, no puede dejar de  experimentar un punto de angustia. Pronto lo supera, porque ve que todavía recuerda muchas cosas…

Pero las desmemorias no se dan sólo a nivel individual. ¿No hay pérdidas colectivas de memoria?. La memoria es una facultad humana muy curiosa. Recuerdos y olvidos se dan entremezclados. Además coloreados por las emociones que sentimos. ¿Es extraño que acontecimientos y personas que nos impactaron pasionalmente en el pasado hayan quedado grabados a fuego en el hondón de nuestra memoria?. Con todos ellos conformamos los relatos que definen nuestra identidad. Y cuando surge algo nuevo con  el suficiente ímpetu es nuestro propio relato el que se altera. ¿No denota que es nuestra misma identidad la que ha variado?

Un pueblo es bastante más que la suma de sus individuos. La conciencia de ser un nosotros se basa en la memoria común. Memoria que enlaza las generaciones pasadas, las presentes y se abre a las venideras. El ayer se articula míticamente en torno a unos hechos fundantes. El hoy avanza traicionando en parte esa cultura heredada e innovando con pretensión de transmitirla a los descendientes.

La globalización neoliberal se basa también en destruir patológicamente esos relatos comunitarios. Su formidable máquina mediática, convencional y digital, se dirige principalmente a provocar alzheimeres colectivos. Patologías de desmemorias en los pueblos.

La resistencia puede llevar al extremo opuesto. A exacerbar el nosotros, erigiendo fronteras frente a los “otros”. Muros físicos y mentales que suponen también otra forma de desmemoria, olvidando los lazos comunes de humanidad.

¿Dónde encontrar ese equilibrio de lo nuestro sin exclusiones xenófobas hacia los otros?. Conservar la memoria de nuestras raíces auténticas, no las inventadas, que siempre han estado entrelazas con otras?. ¿Hay algún pueblo que no sea mestizo y proceda de emigraciones?.

¿No es hora de luchar contra todas las desmemorias, especialmente contra unas de esas formas que son las falsas memorias inventadas y amparadas desde el poder?. Descubrir nuestras auténticas raíces y abrir sus frutos hacia toda la familia humana, ¿no es la condición para ser plenamente humanos?.