A Francisco de Javier, el santo navarro, le llamaban el “divino impaciente”. Era mi santo preferido y en mi lejana juventud me inspiró el deseo de ir misionero a la India, siguiendo sus pasos.

La paciencia ¿es una virtud o un defecto?. Mientras que la impaciencia, el afán de obtener resultados inmediatos de nuestras acciones, ¿no es un grave inconveniente que nos acarrea sufrimientos estériles?.

Creo que la paciencia es una virtud. Mas ha de ser activa, sin confundirla con la pachorra indolente. Dejar que el tiempo, nuestra mera inacción solucione los problemas es inútil. Los problemas se agravan, el fruto ansiado no puede llegar. Sin sembrar no puede haber cosecha. Pretender que el deseo soñado se convierta en algo real es pura magia.

Otra forma espúrea de paciencia es la confianza infantil en la acción directa de Dios. RogarLe que acabe con el mal en el mundo, que nos saque de algún peligro, que solucione los problemas que, muchas veces, hemos creado los humanos, no es fe, sino idolatría de un Dios mágico que nos hemos creado para nuestra comodidad.

¿No decía ya el viejo refrán “a Dios rogando y con el mazo dando”?. ¿No hemos de acometer activamente esas tareas que constituyen los retos de nuestra existencia?. ¿No debería ser nuestra oración pedir al Señor la constancia, la virtud de esa paciencia de seguir trabajando sin desfallecer?. Y aunque no veamos los frutos de nuestros esfuerzos, ¿no es la paciencia de seguir en la brecha la virtud que nos hace humanos responsables?.