El Periódico de Aragón

05/03/2019

Luis Negro Marco

En el espíritu común de concordia, la Cincomarzada sigue siendo una estridente disonancia histórica

La ciudad de Zaragoza lleva camino de dos siglos sin ofrecer una reparación moral y un reconocimiento personal a la memoria de los alrededor de 300 aragoneses que murieron en el frustrado asalto a la capital aragonesa, en la madrugada del 5 de marzo de 1838, lo que sigue constituyendo un oprobio, aun a pesar del largo tiempo transcurrido, a aquellas personas, a sus familias, y aun a la dignidad del pueblo aragonés

Los jóvenes carlistas aragoneses que murieron aquel día tras las murallas de la inmortal capital de Aragón lucharon en defensa del que consideraron rey legítimo (Carlos V) y de las libertades de la nación, de acuerdo a la legalidad vigente en España a la muerte de su hermano, el rey Fernando VII, acaecida el 29 de septiembre de 1833. Fecha esta en la que comenzó la primera guerra civil carlista, de las tres que hubo en España, hasta la finalización de la última, en 1876. Una guerra que enfrentó a los legitimistas partidarios de Carlos María Isidro de Borbón (de ahí su nombre de carlistas) y los de su sobrina, la reina niña (el 5 de marzo tenía tan solo 7 años) Isabel II, en cuya minoría de edad asumió el papel de regente su madre, María Cristina de Borbón.

Por otro lado, sería una perversión histórica considerar la celebración de la Cincomarzada como la fiesta de las libertades, por cuanto desde sus orígenes no fue sino la exaltación de una victoria (por otra parte no exenta de revancha, por parte del general en jefe Baldomero Espartero, como desagravio a la gran derrota que los carlistas habían infligido el 24 de agosto de 1837 a una de sus divisiones, en la zaragozana localidad de Villar de los Navarros) en el transcurso de una cruel y cruenta guerra civil, la cual se prolongó por espacio de siete años hasta la paz de Vergara –en agosto de 1839– y cuyas batallas, catástrofes, odios desatados y hambrunas, causaron más víctimas que las habidas en la última guerra civil.

Asimismo, la pervivencia de esta fiesta se perfila como claramente contraria al espíritu que emana de Ley de Memoria Histórica, promulgada en 2007, que aboga por el reconocimiento y reparación moral de todas las víctimas, y la reconciliación, como irrenunciable camino para el reencuentro de todas las partes y la construcción de un común espacio de paz y prosperidad. Por ello, en este espíritu de concordia, la Cincomarzada sigue siendo una estridente disonancia, encuadrada no en la unidad, sino en una maniqueista concepción social basada en la idea de confrontación y desafecta al ineludible valor de la convivencia y el respeto a todas las ideas democráticas, por muy opuestas que estas sean.

Hace tres años, a resultas de una queja recibida, el Justicia de Aragón (a cuya figura, y prácticamente en solitario durante el franquismo, homenajearon cada 20 de diciembre los carlistas aragoneses, depositando una corona de flores a los pies de su monumento en Zaragoza) hizo traslado de una recomendación al Ayuntamiento de Zaragoza, instando a que se buscara una solución razonable a la celebración de la Cincomarzada. Sin embargo, hasta el día de hoy, el consistorio zaragozano no ha hecho nada al respecto. Un silencio, no obstante, muy explícito, a partir del cual se comprende su arbitraria actuación, según la cual nombres de calles son eliminados en virtud de los distintos artículos de la Ley de Memoria Histórica, mientras se sigue manteniendo el nombre de la calle de la Cincomarzada, así como el lema del escudo de la ciudad, «Siempre Heroica», que a la capital de Aragón le fue concedido por la reina Isabel II, –en última instancia, y por duro que parezca– por la sangre que derramaron unos aragoneses, a manos de otros aragoneses.