La posibilidad de ver es una de las maravillas de las que podemos disfrutar, si nuestros ojos y el nervio óptico están sanos. Pero ver es sólo el primer peldaño para mirar.

Para mirar se requiere, además, sensibilidad de corazón e intención. Alguien me dirá que la intención puede ser aviesa y cargada de maldad. En cuyo caso, se trataría de buscar lo que haya de feo, de mezquino, de inicuo en lo que nos rodea. Y emplear lo hallado como arma para destruir, para desacreditar, para juzgar inquisitorialmente, para hundir a otras personas.

Mirar es una actividad no primaria. No viene reglada por el instinto. Es una habilidad que hemos de desarrollar y para ello necesitamos un aprendizaje. Y como todo lo humano, es eminentemente social. Es una respuesta a la conducta de otros tús que recaban nuestra atención.

La sonrisa y la palabra de la madre, el padre, u otros cu¡dadores, despiertan la atención, el interés del bebé. Y le van enseñando a fijar intencionadamente la vista, a mirar. Luego, a lo largo de nuestra vida, esa habilidad se va desarrollando ante otros estímulos.

Nuestra mirada tiene un foco central en el que se concentra y un entorno espacial en el que sitúa la persona, animal, objeto o paisaje como eje principal de nuestra mirada.

Pero es el rostro de las personas el motivo más noble para fijar nuestra mirada. Saber mirar a los ojos es todo un arte que no siempre se domina. Antes que la palabra es una forma directa de comunicación. Hay quien no sabe hacerlo. Más aún, están los que rehuyen esa mirada directa, franca.

La mirada puede transmitir muchas emociones y sentimientos. Simpatía, aprecio, admiración, cariño, ternura, amor. O al contrario: desprecio, desdén, animadversión, envidia, maldición, odio…”Hay miradas que matan” dice la expresión popular.

Y al contrario, otras que dan vida. Que expresan reconocimiento, afecto, bendición, que visibilizan. Miradas que reflejan el fondo de nuestro interior. Por algo dice el refrán que los ojos son el espejo del alma.

Miradas que intentan, con respeto, desvelar el hondón de las personas miradas. Miradas descubridoras de penas ocultas, de ilusiones esperanzadas, de paz serena y alegre.

En las dinámicas psicológicas, hay un ejercicio en que dos personas se miran cara a cara, en silencio, durante unos minutos. Se intentan comunicar por esa vía. Al acabar, expresan en voz alta lo que han experimentado….

Los que nos decimos seguidores de Jesús, debemos intentar imaginar cómo sería su mirada. ¿Qué expresaría?. ¿Qué profundidad, ternura y misericordia tendría?. ¿Qué impacto produciría en los que se sintiesen mirados por Él?. ¿No deberíamos tratar de imitar esa forma de mirar?