Los juicios que nos llegan de otras personas sobre nosotros mismos, siempre nos sorprenden. Hay quienes piensan que lo mejor es pasar de ellos. Comparto ese parecer, si se interpreta que el juicio ajeno no debe guiar nuestra conducta.

Pero pienso que no debemos ignorarlos, pues nos pueden ayudar a descubrir aspectos de nuestra personalidad que desconocemos.

A veces me llegan opiniones de que soy muy inteligente y de que conozco muchas cosas. Alguien ha llegado a decir ingenuamente que soy una enciclopedia. Ni siquiera me turbo ya al escucharlo. ¡Si supieran de mis torpezas!. Me confieso un constante aprendiz, descubridor de los océanos inmensos de mi ignorancia. Me complace escuchar y leer a los maestros que voy encontrando en mi vida, para ir luego rumiando lo que he captado, y hacerlo mío, si me ha convencido.

En mis estudios no fui un alumno sobresaliente, aunque con esfuerzo obtenía calificaciones satisfactorias, mejores en las asignaturas de letras que en las mates y las de ciencias. ¿Pudo contribuir el que mis profesores de estas últimas materias no me cayeran demasiado bien?

Deficientes profesores y mi mal oído, hacen que mi conocimiento de otros idiomas sea casi nulo. Sólo me defiendo en el mío, intentando expresarme con claridad, sea oralmente o por escrito.

Hace poco, a raíz de un mensaje mío sobre nacionalismos centrípetos y centrífugos, una persona ejemplar, hermana en la fe, catalana, me comentó en facebook que como no soy catalán, no puedo entenderlos. Es posible que tenga razón, al menos en parte. Me he esforzado en conocer la historia de esa España que es Catalunya. Admiro ese Pueblo laborioso, su rica sociedad civil que envidio, su seny cuajado en un pactismo vertebrador. Conozco su rica variedad comarcal, su contacto con las corrientes culturales europeas. Cuando leo textos escritos en su idioma, comprendo casi todo lo que expresan. Y estoy convencido de que, si parte del mismo reclama una independencia, ha sido como reacción al unitarismo jacobino del nacionalismo español. Son los separadores los que engendraron separatistas. Por eso, deploro esos fanatismos, atrincherados en posiciones irreconciliables, que han sustituido un seny conciliador por una “rauxa” emponzoñada.

También hay los que me consideran una persona “fría”. No sé cómo puedo dar esa impresión. Por dentro, soy un volcán apasionado. En una vida anterior, iba con una máscara para tratar de ocultar mis emociones. Pero hace ya años que voy a pecho descubierto. Lo que sí noto conforme me adentro en la ancianidad es que va aumentando mi capacidad de ternura y pierdo el rubor para expresarla. Lo que nunca he tenido es tendencia para el rencor. Si siento un ligero arrebato de ira, se me pasa volando, aunque me hayan hecho daño, intencionada o inconscientemente. Por eso, jamás me he sentido enemigo de nadie, por muy divergentes que puedan ser sus ideas, sus gustos y sus aficiones de las mías.

Lo que noto que voy ganando es en paz interior. No creo que sea mérito mío. Alguien me la regala gratuitamente. Pero no para que la atesore para mí, sino para que la irradie. ¿Sé hacerlo? ¿Soy agente activo pacificador en los conflictos que surgen a mi alrededor? ¿O me escabullo alegando que no son mi problema?

¿Y yo conozco a la personas con las que me relaciono? ¿O las prejuzgo desde mis prejuicios y suposiciones primerizas? ¿Dejo que me sorprendan con su conducta? ¿Sé respetar el hondón de su personalidad, única e irrepetible? ¿Busco lo que hay de positivo en ellas y me abstengo de juzgarlas por aquellos actos que no coinciden con lo que pienso que es bueno?