Normalmente solemos llamar ateos -y ellos también así se denominan- a aquellos que responden negativamente a la pregunta de si existe Dios. Creo que así planteada, la denominación es superficial. Y no sólo porque ni podemos saber lo que sea Dios, ni qué pueda significar la palabra existencia, referida a ese Misterio.

Por lo que he aprendido, siguiendo a Levinas, el ser humano llega a serlo en función de su alteridad. Según esto, el ateo auténtico es el que se enclaustra en su egocentrismo, el que se encierra en la jaula de su ego. Se niega a la llamada del rostro del otro -sobre todo si sufre-. Se aliena, trata a los demás con violencia, sin respeto o con indiferencia. Sordo y ciego, no vive auténticamente, mero zombi que arrastra su desgraciada existencia, ajeno a las demás personas, al mundo, a la posible trascendencia…

¿No conocemos a muchos que se dicen ateos que no lo son, sino que viven atentos a sus prójimos y luchan por un mundo más justo? ¿No practican la doble ética, la del cuidado y la de la justicia? Aunque no lo conozcan, ¿no son benditos del Abbá de Jesús, según se lee en el Evangelio?

Por el contrario, ¿no conocemos también a quienes se tragan los santos, cumplen todas las normas eclesiales, van mucho al templo, frecuentan los sacramentos y viven de espaldas a sus prójimos, apoyan y se benefician de este sistema injusto, y se consideran los buenos y reparten credenciales de bondad y maldad? ¿No debemos considerarlos ateos auténticos que encima escandalizan por su hipócrita conducta? ¿No son muertos que todavía no han aprendido a vivir humanamente?

Pero dada la radical ambigüedad del ser humano ¿estamos seguros de que no ha habido épocas de nuestra vida y que aun hoy no hay alguna esfera de la misma en las que incurrimos en ese ateísmo auténtico? ¡Cuánto nos falta para llegar a ser humanos plenos, vivientes liberados!

Conozco a un amigo, con el que me siento hermanado, al que admiro por su entrega generosa a los demás y que se dice ateo.

Cuando habla con su vehemencia habitual, despotrica contra la jerarquía eclesial, a la que hace responsable de casi todos los males. Sospecho que dentro de su disciplina ha sufrido enormemente. No es un auténtico ateo, sino una persona abierta al rostro de sus prójimos, capaz de condolerse activamente de su dolor. ¡Qué ejemplo de testimonio!