Va en aumento el número de los exiliados. O transterrados como alguien los llamó. De aquellas personas que se vieron obligadas a salir de su país, por causas diversas: guerras, persecuciones, expulsiones, hambre, cambio climático…

En todos estos casos, se da la violación de un Derecho Fundamental: el de no verse obligados a salir de su tierra. Luego vendrá la casuística del Derecho Internacional para distinguir entre refugiados y emigrantes, entre huídos por causas políticas y los que lo hacen forzados por necesidades económicas. En los primeros supuestos, impone un deber de acogida a los países donde se dirigen. Y lo que vemos desgraciadamente es cómo la mayoría de esos países cierran sus puertas y se niegan a cumplir ese deber, que antes habían aceptado en tratados internacionales. ¡Que lección nos dan países pobres que están acatando el mandato secular de hospitalidad, recibiendo masivamente a esas gentes desgraciadas!

¡Qué poca memoria tenemos los países ricos! Cuando nosotros teníamos que abandonar nuestra tierra y fuimos acogidos, de diversa manera es cierto, en otros. Durante el siglo XIX y el XX, con las guerras civiles y las hambrunas, millares de hispanos tuvieron que escapar y salieron camino de Europa y América.

Bastantes murieron en el exilio, añorando familiares y el pueblo que habían dejado aquí. Muchos forjaron allá otra familia y tienen hijos y nietos, que se consideran naturales del país donde viven.

Cuando un exiliado puede regresar, temporal o definitivamente, al país de donde tuvo que marcharse a la fuerza y quizá apresuradamente, sufre otro desgarro. El país de donde se marchó y que lleva incrustado en su memoria, no es el mismo al que regresa. Ha evolucionado bastante, en una cosas a mejor y en otras a peor. Rincones, casas, árboles, paisajes que alimentan su morriña, igual son hoy un montón de ruinas.

Ví hace poco en la tele una película italiana, “Cine Paradiso”. Del chavalín, con vocación de proyector de películas al hombre triunfador que regresa, hay toda una vida de experiencias. Las imágenes de la voladura del viejo cinema, para abrir una plaza de aparcamientos, delante de los vecinos tristes y enmudecidos, son harto elocuentes.

El exilio es una experiencia dura y amarga que, a veces, sale bien. ¿Pero cuántos no han llegado o lo han hecho en condiciones paupérrimas? Hoy el viejo Mare Nostrum es un gigantesco cementerio donde van cayendo millares de personas, repleto de cadáveres e ilusiones truncadas.

Con razón se ha dicho que el exilio es la condición común de todas las vidas humanas. Del nacimiento a la muerte, ¿no es eso nuestra existencia?

Para expresarlo con esperanza, nada mejor que unas estrofas del poema REGRESO A ÍTACA, del poeta Constantino Cadafis:

Cuando emprendas el viaje a Ítaca

pide que el camino sea largo

lleno de aventuras, de experiencias.

Mas no apresures nunca el viaje.

Ten siempre a Ítaca en tu mente

llegar allí es tu destino.

Mejor que dure mucho años

y atracar, viejo ya, en la isla,

enriquecido de cuanto ganaste en el camino.

Aunque la halles pobre, Ítaca te ha esperado.

Así, sabio como te hiciste con tanta experiencia

entenderás qué significan las Ítacas.