El actual presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, ha escrito sendas cartas al Jefe del Estado Español y al Papa instándoles a que pidan perdón por los crímenes y violaciones de Derechos Humanos cometidos en la conquista del actual Estado mejicano.

Bastantes han respondido airados que no se pueden juzgar hechos del pasado con criterios actuales. No me satisface esta respuesta. Creo que las víctimas de todos los tiempos claman memoria y justicia. Ese clamor es independiente de la época en que se cometieron y de la mentalidad desde la que se se pretendan enjuiciarlos.

La pregunta que yo me hago es si hay alguien que no tenga que pedir perdón. ¿En qué consistió la llamada conquista del actual México? En una sucesión de guerras civiles, con sus atrocidades mutuas.

Guerra civil entre los propios conquistadores. Simbolizada entre sus dos máximas figuras Hernán Cortés y Pánfilo Narváez. Rivalizaban por la fama, el poder y la riqueza que pensaban obtener de los territorios conquistados.

Y guerras civiles también entre los pueblos indígenas. Si la conquista fue rápida no fue por los pocos caballos, cañones y arcabuces que llevaban los hispanos. Aprovecharon la hostilidad hacia el imperio azteca, cuya brutalidad sangrienta soportaban las demás tribus.

La figura de doña Marina, india tlaxcalteca, amante, intérprete y consejera de Cortés fue determinante en su epopeya bélica. Una vez triunfador, cuando fue llamado a la península, se la traspasó a uno de sus capitanes.

Pidámonos perdón mutuamente, sí, a partir de reconquistar la historia real, donde hagamos memoria subversiva desde la víctimas, de la que nazca el propósito de que nunca más vuelvan a repetirse esos hechos trágicos.