A nadie le gusta la tristeza. Preferimos estar contentos. Pero en la vida hay de todo. Momentos de penas y otros de gozo.

Una forma de escapar de la tristeza es la frivolidad. Un ji-ji-ja-ja que se basa -creo yo- en la pura apariencia. En intentar no tomarse nada en serio. Prescindir de los sentimientos profundos para quedarse en el goce instantáneo de la mera sensación. De ahí, que para la persona frívola, los demás sean sólo peldaños para su existencia desenfadada. Es una ilusa que ha optado -aunque sea sin darse cuenta- por un vivir inauténtico.

En nuestra existencia hay cosas intranscendentes y otras importantes. Confundir unas con otras es lamentable. Atribuir un valor desmesurado a nimiedades y minusvalorar aquellas que son decisivas en una vida verdaderamente humana es un rasgo esencial de la frivolidad.

Claro que se podrá contestar que depende de cada persona, de su escala de valores, el considerar algo como importante o minúsculo. Es importante lo que responde únicamente a la apariencia, física o psíquica. Es irrelevante aquello que compromete o puede comprometer la dignidad -su vida, su libertad, su integridad- de una persona, la mía o de otro semejante.

Pienso que la alegría es algo muy distinto a la frivolidad. Se manifiesta por una sensación profunda de paz y serenidad. Es un contento que puede ser nublado por esos aconteceres que son las pérdidas dolorosas con las que inevitablemente nos tropezamos en nuestra vida. Pero luego surge ese arco iris que brota del interior y nos hace caminar hacia la meta que hemos elegido.

Nace de la respuesta generosa que damos a los hermanos dolidos que encontramos en nuestra existencia. Estar alegre es estar despierto a la belleza, a la verdad y al bien. Saber oír, tocar, oler, degustar y ver la realidad en todos sus aspectos claros y oscuros.

La persona alegre no va con aspecto rudo y arisco. Ha aprendido a reír y a dejar que las lágrimas surquen su rostro. No emplea el sarcasmo, pero sí la ternura sonriente que no juzga. Es sabia, pues es capaz de perdonar y disculpar a sí misma y a los demás. No es apática, sino que lucha por la justicia para que de ella florezca la paz.

¿Qué hay en mí, en nuestra, existencia de frivolidad? ¿No sucumbimos con demasiada facilidad a las tentaciones que nos inducen a la frivolidad? ¿Cuánto de alegría sincera hay en mí y en las personas que conozco?