Hace poco escribí un artículo con el título Ateos Auténticos que colgué en Facebook. Merecí el comentario de María, una joven inteligente y simpática, a la que conocí hace años.

Me decía que estaba equivocado, Y me hacía un distingo entre creer que algo no existe -absurdo lógico, a su juicio- y no creer que existe algo. (Algo se refería a dios). Confieso que no entendí bien el distingo, aunque iba adornado de una argumentación: la carga de la prueba recae sobre quien  contesta afirmativamente y no sobre quien niega.

Quizá para avanzar en el diálogo, debemos empezar por aclarar conceptos. ¿Qué significa creer? ¿La adhesión a unas verdades, afirmadas dogmáticamente? ¿O la adhesión a Alguien? Para mí, la fe es simplemente fiarme, lo cual inevitablemente se traducirá en mi conducta. Si no es así, esa fe que pregono es falsa, inauténtica.

¿Qué significa existir? Sólo puedo entender la existencia referida al espacio-tiempo que habito. Cuando me pregunto sobre la existencia del Misterio que está fuera de él, aunque lo fundamente, no sé exactamente qué pueda significar.

Y la palabra dios, ¿a qué se refiere? Si se dice que un futbolista famoso es dios, ¿no resulta ridículo por mucha habilidad que tenga para meter goles? Pero lo que sí vemos es que en esta sociedad que se dice laica hay varios dioses a los que se tributa adoración. ¿No se adora el cuerpo y se le hacen sacrificios para tenerlo sano, bello y esbelto? Pero sobre todo, ¿no soportamos un sistema en el que se rinde culto al dinero y ante cuyo altar se sacrifican millones de seres humanos arrojados al hambre y a la miseria?.

Hablando en términos creyentes, sólo hay dos pecados -que son dos vertientes de uno sólo- la idolatría y el no amar al prójimo. Los primeros cristianos fueron arrojados a las fieras por ateos: se negaban a rendir culto al emperador.

El artículo con el que se metía mi objetora, se basaba en el pensamiento de Lévinas: son auténticos los ateos que se encierran en su egoísmo, que no se abren al dolor de sus semejantes. Los que se conduelen y luchan por la justicia, al estar abiertos ¿no son tan benditos del Abbá de Jesús como los seguidores de éste, que  luchan codo con codo con increyentes para conquistar un mundo fraterno?

En eso, doy la razón a mi comentarista, hay tanta variedad de comportamiento entre los que se dicen ateos, como entre los que se dicen creyentes. ¿No demuestra que lo que importa no son las etiquetas, sino los estilos de vida?

Y en cuanto a si el Libro Sagrado rige o no  nuestra ética, ¿no es la eterna pregunta “¿dónde está tu hermano?”, la que puede dar un fundamento a una ética universal de responsabilidad?