Uno de los rasgos más decisivos que distingue a los seres humanos del resto de los animales, incluso de los primates, nuestros parientes más próximos, es la búsqueda de una regla de conducta que marque la diferencia entre el bien y el mal y por la que, en consecuencia, nos sintamos obligados.

Se dice que el “no matarás” y el tabú del incesto fueron los primeros principios comunes de esa regla. Pueden encontrarse los fundamentos biológicos, exigidos por la pervivencia de la especie, para esas prohibiciones.

Desgraciadamente, la libertad humana puede emplearse también para violarlas. De ahí, que bien pronto se buscó una base perentoria de las mismas. La religiones se convirtieron en parteras de éticas, a las que se atribuyó un origen divino. Eran los dioses los que nos habían impuesto esas normas que debíamos cumplir, so pena de incurrir en su cólera. Estas éticas eran heterónomas, nos llegaban desde arriba y no podían discutirse. Sólo cabía acatarlas.

Durante muchos siglos imperó este concepto de la ética, desarrollada en largos preceptos, minuciosos y rituales. Lo cual no evitó que se violasen con cierta impunidad. Teóricamente se castigaban como delito y a la vez como pecado. Las amenazas de castigo aquí y en la vida futura, se empleaban para infundir miedo a quienes intentasen saltárselos a la torera.

Eran los poderosos los que más frecuentemente los incumplían, cuando convenía a sus intereses. De ahí, que los leguleyos eclesiales a su servicio, desarrollaran una casuística con excepciones y distingos. Y, con facilidades, para el perdón, si incrementaban sus prebendas a la institución que se consideraba intermediaria entre la divinidad y los pobres humanos.

Cuando llegó la modernidad, los seres humanos parecieron liberarse de aquellos preceptos. Kant defendió una moral autónoma, creada por el propio hombre, abstracta y racional, con un doble criterio: considerar al humano como fin y no como medio y exigir que hay que obrar de manera que nuestra conducta pueda convertirse en regla universal.

¿Se ha cumplido esa aspiración de la Ilustración? Parece que no. Esa moral abstracta teóricamente proclamada, convive en la práctica con aberraciones inhumanas.

Se advierte la pervivencia de una doble moral. Una para los varones, más laxa. Y otra, mucho más estricta, para las mujeres. La sociedad patriarcal sigue marcando con su sello esa forma injusta de enjuiciar la conducta, según el género.

Y frente a la pretensión de universalizar la ética, es muy frecuente la voluntad de considerarla variada, según la cultura de cada lugar.

¿Dónde fundamentarla? ¿Cabe una moral autónoma? ¿De dónde nace? No viene del cielo, claro. Pero no la crea cada ser humano, a su capricho. Nace del rostro del otro sufriente, de su dolor que me interpela y me obliga a darle respuesta. Es heterónoma.

Podemos sintetizarla en el deber clásico de la hospitalidad. Esa es, a mi juicio, la raíz de la verdadera ética. La obligación de acoger al otro, respetando su dignidad. Es igual a mí, pero diferente. Todos somos diferentes. Hay que salvaguardar esas diversidades, pero dentro de esa común igualdad que es nuestra dignidad de personas humanas.

Esa hospitalidad prohíbe los muros físicos y, sobre todo, los mentales. Crea puentes liberadores, se opone a las cárceles donde encerrar a los diferentes y en las que acaban presos los carceleros.

¿No es la ética de la hospitalidad la auténticamente humana y liberadora?