El miedo es el instrumento preferido por los tiranos para conquistar y mantenerse en el poder. Pero no basta para sofocar a largo plazo las tentaciones de rebeldía. De ahí, la necesidad de la zanahoria.

Alternar los premios y los castigos es el método habitual de los poderosos. Premiar las conductas dóciles y sancionar las desviadas.

Pero es también la sociedad la que ejerce esa doble presión sobre sus componentes. Se aplauden los comportamientos normales y se critican los que no encajan en la norma social.

La realidad histórica es que los poderosos cambian y las sociedades alteran sus reglas normales de vida.

¿Por qué? ¿Cómo? Porque ha habido personas que arrostraron el castigo institucional y social. Y con su rebeldía que llegó a arrastrar a otros descontentos logró esos cambios. Pero el camino del cambio nunca es fácil. Hay que sufrir persecuciones, destierros y hasta la muerte.

Hay conductas que violan gravemente el orden social. De ahí, que en los Estados modernos se tipifican en códigos penales. Cuando la gravedad es importante se establecen sanciones ejemplares. Antaño, aunque todavía persiste en ciertos países, la pena de muerte.

O la privación de libertad en centros especializados llamados cárceles. La cadena perpetua era la máxima sanción. Las condiciones inhumanas de esas prisiones se relataron en numerosos ensayos y novelas. Por eso, se intentó humanizarlas. Aunque los casos de prisiones privadas, en manos de empresas con finalidad de lucro, volvieron a agravar sus penalidades.

Se vió con claridad que los centros penitenciarios eran escuela de criminalidad. Cuando salían los presos reincidían o cometían delitos más graves. Ilustres reformadores propusieron medidas rehabilitadoras que exigían funcionarios con mayor preparación que la de meros carceleros.

La vigente Constitución española en su art. 25.2 establece que “las penas privativas de libertad y las medidas de seguridad estarán orientadas hacia la reeducación y la reinserción social…” ¿Cómo se compagina esto con las peticiones de prisión permanente revisable?.

¿Y no debe garantizarse que el recluso cumpla su condena en el centro penitenciario más próximo a su domicilio familiar? En otro caso, ¿no se está sancionando además a sus familiares obligados a desplazamientos más largos?

Para un creyente cristiano, examinar estos temas a la luz del Evangelio, ¿no le obliga a examinar la actuación de su Maestro? ¿No fue, a lo largo de su vida pública, un antisistema no-violento frente al poder religioso y político, lo que le llevó a morir en la Cruz? ¿Estamos dispuestos a seguir los pasos del Resucitado?