Sigo teniendo sueños que me hacen pensar. Iba caminando por mi ciudad, Logroño, a punto de entrar en la calle Portales de nuestro casco antiguo, donde nací. Ví a tal cantidad de gente que me extrañé. ¿Sería una manifestación? ¿O una procesión? Al acercarme, aprecié que no era ni una ni otra.

La forma de andar era extraña. Parecía que se movían como cegatos o drogados. Se ignoraban unos a otros. Deambulaban dando tumbos. Tropezaban continuamente entre sí, pero nadie pedía disculpas. Incluso, cuando el tropezón era mayor, los más débiles se caían al suelo del impacto. Mas nadie se acercaba a ayudarlos a levantarse.

De pronto, aparecieron otras personas que hablaban entre sí. Se oían sus palabras y se veían sus sonrisas amistosas. Empezaron a dirigirse a quienes estaban antes. Y cuando éstos escuchaban sus palabras salían de su pasmo, como si se convirtieran en personas normales. Pronto la calle entera cambió de fisonomía. Eran paseantes pacíficos que mostraban la alegría bulliciosa de encontrarse con conocidos y amigos. Besos, abrazos cordiales y apretones de manos reflejaban la amabilidad de unos convecinos que disfrutaban de sus encuentros.

¿No refleja este sueño que lo que nos convierte en seres sociales, en personas, en definitiva, es la palabra? El bebé necesita para sobrevivir no sólo leche nutricia, sino además palabras cariñosas que empiecen su proceso de socialización. Sin ellas moriría.

No inventamos el idioma, lo heredamos. A través de él, pensamos y aprehendemos la realidad. Nos inserta en una comunidad lingüística y dentro de ella nos comunicamos con mayor o menor soltura, según la diferencia dialectal que mamamos. Pero hemos de apropiárnoslo, hacerlo nuestro, convertirlo en nuestro habla.

Claro que la comunicación no es sólo verbal, también gestual, a través de micro y macro gestos. Gracias a ellos, captamos mejor las emociones de nuestros interlocutores. Y además tenemos la escritura por la que nuestros mensajes se solidifican. Más que las palabras pronunciadas, los textos escritos escapan de su autor y son reinterpretados por sus lectores. Los hacen suyos sea para aplaudirlos, matizarlos o criticarlos en su totalidad.

¿Hasta qué punto la sociedad actual no reduce a muchas personas a una situación de mudez y de sordera para todos los mensajes que no sean los fabricados desde el poder? ¿No extrañará que predomine el hombre-masa, ciego a lo que no sea su bienestar individualista y que choque continuamente con otros ciegos como él? ¿Habrá suficientes apóstoles de la palabra comunitaria para que despierten de su letargo?